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ALFONSO GARCÍA
León

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El día 31 de marzo de 2002 se reunieron en una comida para celebrar —pocas veces tan intensa la palabra— un encuentro «los jóvenes de entonces» de Santa Lucía de Gordón. Aunque en aquella ocasión la convocatoria aglutinaba a las generaciones que andaban, por generalizar, en torno al medio siglo, «los jóvenes de entonces» es hoy expresión de mayor cabida, como parece lógico por la imprecisión, o generosidad, cronológica. Lo cierto es que la respuesta es un motivo de alegría que concita caras dispersas, recuerdos comunes y generacionales y, sobre todo, el abrazo de quienes compartieron vivencias imborrables de la infancia y, en no pocos casos, tramos intensos de la juventud. Por eso ayer fue un día hermoso y festivo en la población minera de la ribera del Bernesga. Santa Lucía tiene hoy acentuadas raíces de nostalgia.

La nostalgia es, por supuesto, un sentimiento legítimo y enriquecedor. Recuperar las vivencias supone en no pocas ocasiones un estímulo que fortalece lazos y explica actitudes, especialmente cuando se hace con el espíritu abierto y noble de la transparencia que, con el paso del tiempo, provocará no pocas sonrisas y actualizaciones del propio vivir y sentir y de una concreta incardinación en el mundo y su circunstancia, de la que, al menos en alguna medida, somos producto o consecuencia. El tiempo y el espacio imponen sus propias y silenciosas razones. Perder este norte asegura, sin duda, un acercamiento a los dominios del desarraigo o la soberbia, peor esta sin duda, porque supone una renuncia a un tramo importante de la vida. La calidad siempre tiene raíces.

Estoy seguro de que será un día vibrante. Desde el pregón, rigurosamente establecido como ordenan las grandes ocasiones, en que Montse Arias Aguirrezabala, con su proverbial buen hacer, acercará a los asistentes la mirada a la vida compartida, hasta las anécdotas que son capaces de gratificar la nostalgia, cierta nostalgia cuando menos. Y es que hay otra, la nostalgia del territorio, del pueblo, de tanta pujanza y vitalidad en el recuerdo de «los jóvenes de entonces», hoy sumida en la sombra mortecina del abandono de las cuencas mineras, sin ni siquiera la justa repercusión del canon que es necesario revisar también según los efectos y las consecuencias históricas —uno aún tiene fe en el futuro—, que parece solo la repartición porcentual de las penas, nunca de las alegrías.

Hoy estoy muy lejos. Compartiré, de cualquier forma, historias de nuestras gentes, de las que rescato la memoria en otras tierras. La historia, como el mundo, es ancha y ajena. A veces, dura. Como esta que hoy comparto con la protagonista que un día, del que ya no queda rastro, fue vecina del mismo paisaje que hoy contempláis. Le contará el presente, recordando tantos rostros amigos desde la distancia, uno de «los jóvenes de entonces». Muy de entonces. Un abrazo.

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