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JAVIER TOMÉ
León

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Siempre conviene regresar a los clásicos, y a ello me dedico desde hace una temporada con la intención de recuperar para ustedes los pormenores y entresijos de aquellos veranos del pasado, incluidos en el cuadernillo «León al sol». Dando vueltas y revueltas a los papeles aparecen perlas como un artículo publicado en la década de los 20 que alude a la misión del feminismo, asegurando que el hombre es lobo para el hombre; y para la mujer, dos. Este es el argumento central de un texto reivindicativo, en plan Juana de Arco, cuyo propósito es diferenciar a las feministas buenas de aquellas otras de escopeta y perro, que también las había, especializadas en crear tremendas turbulencias dentro de esa ciencia poco estudiada que es el matrimonio.

La filosofía de la época aplicada a la función de las féminas insistía en tres pilares fundamentales: niños, cocina e iglesia. Por ello, semejantes apetitos disolventes por parte de determinadas mujeres sonaban a siniestra chifladura. Y la cosa llegaba al delirio al sugerir obviedades como que el mujerío tenía derecho a ganar y a gozar. Contradiciendo exabruptos machistas del estilo a que el carácter de las hembras cambia igual que el color de sus vestidos, el yugo dulcísimo de la cruzada feminista impulsaba a tender los brazos y abrir el sagrario de los corazones a las hermanas oprimidas, vejadas y martirizadas por brutos apaches de blusón obrero o de flamantes fracs. Felizmente, se congratulaba la autora, pocos eran los mozos que, bordeando el Código Penal, se dedicaban a hacer escarnio del sexo que por rutina llamamos bello. Un proceder poco caballeresco, pese a que en numerosas uniones se tiraba en demasía de colmillo por ambas partes, hasta andar de continuo a la greña. Una estrategia de juego sucio que constituía el mayor fracaso en carne viva. Pues amén a eso.

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