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Advertencia previa, no necesariamente necesaria: claro que respeto a Podemos, a sus dirigentes y muchas de las cosas que dicen. No se me encontrará entre quienes insultan a este movimiento, ni entre quienes le inventan falsedades, como que simpatiza con ETA o con el régimen de Corea del Norte, por poner dos ejemplos que he escuchado en algunas de las televisiones no afectas al partido que se ha colocado ya en la tercera posición de nuestro arco político, peligrosamente cerca del PSOE y no tan alejado, si bien se mira, del PP. La demasía produce efectos boomerang, y buena parte del alza de Iglesias/Podemos en las encuestas se debe a la cantidad de publicidad que quienes se pretenden sus enemigos más acérrimos le hacen a base de excesos en el improperio.

También está claro que ni me gusta Podemos ni, supongo, les gusto yo a ellos. Y no diré que jamás votaré a esta formación, si es que alguna vez se forma, porque, en política, «jamás quiere decir hasta esta misma tarde», como creo que decía el cínico Romanones. Pero, claro, oyendo el ‘programa político’ desgranado en su rueda de prensa del pasado día 1 por Mariano Rajoy, no me extraña que la gente se eche en brazos del más nuevo. Y Pablo Iglesias es seminuevo, mientras que el pétreo y satisfecho programa que nos esbozó el presidente en su comparecencia a veces podría parecer un poco estólido, y conste que profeso también un respeto considerable hacia la figura de Rajoy, llena de sentido común y solidez. Quizá demasiado de una cosa y la otra, a veces.

Figuro, desde luego, entre los columnistas y politólogos miopes que no supieron calibrar la importancia real de Podemos y que lo despacharon como un simple fenómeno televisivo. Es mucho más que eso: es fruto del descontento, la desconfianza y el aburrimiento que provocan una clase política, social, económica y mediática instaladas, a las que que Pablo Iglesias, tomándolo prestado del título de un célebre libro italiano, ha llamado «casta».

Nos queda aún por ver qué comportamiento tiene en los sondeos la irrupción a primera fila de la política del nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que aún no había llegado al «estrellato» cuando se elaboraban estas encuestas. Así que tengo que depositar una cierta dosis de confianza en el realmente nuevo, Sánchez (Pablo Iglesias es ya ‘el seminuevo’), para ver hasta qué punto puede sobrevivir el bipartidismo en este país: nadie le disputa el cetro por la derecha al PP, si no es el PP mismo; pero en la izquierda... madre mía, la que se está montando en la izquierda, ¿verdad, Cayo Lara?

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