PANORAMA
Podemos y la gran coalición
La última encuesta del CIS refleja incuestionablemente la ya innegable crisis del bipartidismo. La decepción de la ciudadanía con las dos grandes formaciones políticas se agrava y de hecho continúa el descenso de ambas con relación al anterior sondeo, de forma que PP y PSOE se sitúan en niveles de apoyo popular semejantes a los obtenidos el 25 de mayo en las europeas. Con la particularidad de que la formación antisistema Podemos se ubica ya como tercer partido nacional, con el 15,3% de los votos, a costa de Izquierda Unida y UPyD, sobre todo, pero también de las formaciones mayores.
Está por ver —la sorpresa puede ser en los dos sentidos— cómo conseguirá Podemos traducir esta adhesión masiva en votos susceptibles de ser canalizados hacia la conquista de parcelas concretas de poder político. También hay dudas sobre cómo se producirá la conversión de la simpatía que Podemos suscita en amplias capas sociales, y particularmente en el colectivo de los parados, en apoyo efectivo a unas candidaturas. Con todo, es claro que la irrupción de esta nueva fuerza y la consolidación de las demás minorías empujan a PP y PSOE a formalizar una gran coalición, único medio de conseguir la estabilidad política y una parcela de poder al mismo tiempo.
En España, PP y PSOE cometerían un gravísimo error si aceptaran esta aproximación sin un motivo excepcional para ello. Una de las razones fundamentales de la decadencia del bipartidismo imperfecto surgido de la Transición ha sidp precisamente la indiferenciación de las dos principales opciones ideológicas, ambas más interesadas en preservar la indemnidad del establishment que en atender a las demandas sociales. La conjunción PP-PSOE contra la formación de comisiones de investigación en el caso Bankia o contra la dación en pago en la reforma del sistema hipotecario han sido letales para ambos partidos. No hace falta ser, pues, un augur aventajado para pronosticar que una gran coalición sin argumentos muy sólidos representaría la laminación de ambas fuerzas, que conduciría inexorablemente a una reconstrucción integral del mapa político (algo que está a punto de ocurrir en Cataluña, pero ésa es otra cuestión).
El régimen político español, con o sin la modernización a que habrá que someterlo antes o después para apaciguar el incendio catalán, es lo bastante estable y sólido para resistir cualquier cambio de mayoría.
No existen, razones de urgencia para cerrar el paso a alianzas o coaliciones naturales mediante estrategias antinatura. Y lo que PP y PSOE deben hacer a partir de ahora es reconstituirse, ahondar en la autocrítica y reconciliarse con sus electorados potenciales a fuerza de sinceridad y de realismo. Los atajos, en este caso como en otros, sólo conducen al despeñadero.