Diario de León
Publicado por
Ara Antón.
León

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A finales de los años setenta, la década en la que muchos pensaron que era posible cambiar el mundo, Lyall Watson se hizo eco de un curioso experimento realizado por científicos japoneses. Al parecer, a unos macacos que vivían en la isla de Koshima se les habían ofrecido patatas, alimento que no era habitual en su dieta. Los animales las rechazaron, por supuesto, hasta que a una hembra se le ocurrió sumergir el tubérculo en agua, para liberarlo de la tierra que lo envolvía. Una vez limpio, lo probó y, al ver que era comestible, comenzó a dárselo a sus crías, conducta que fue de inmediato imitada por sus congéneres, solo hembras, desde luego; los machos adultos siguieron ingiriendo la comida conocida, despreciando la novedad.

Hasta aquí, podría ser todo normal. Lo verdaderamente curioso, según los científicos que estudiaban el caso, fue que, al poco tiempo, los monos de otros lugares que no habían tenido contacto con los primeros, empezaron a hacer lo mismo: lavar las patatas y comérselas. El estudio pasó a denominarse la «teoría del centésimo mono». Defendía que cuando un comportamiento es adoptado por un determinado número de individuos, pasa a ser norma en la generalidad. Más tarde, en 1985, Elaine Myers publicó un artículo en el que aseguraba que las pruebas presentadas eran insuficientes para probar la hipótesis.

Ni entro ni salgo en el asunto porque «doctores tiene...», pero miro alrededor y pienso que no está tan lejos de la realidad en cuanto a contaminación de contacto. Otra cosa es —como luego veremos— si hay distancia de espacio o tiempo entre los sujetos imitadores.

En nuestro presente, la sociedad se comporta como los monos de las patatas. Si hay corrupción, la hay en todas partes y a todos los niveles; si hay ignorancia, bien porque los planes de estudio sean ineficaces o porque toda la sociedad lo esté propiciando, presumimos de ella, porque resulta muy pedante hablar del último libro leído o de la distancia que se acaba de medir al planeta Abc123.

Todos buscamos hacernos perdonar por los incultos y, lo que es peor, por la mayoría desinteresada. Y no digamos los jóvenes; muchos alardean de su número de suspensos, de que pasaron la noche en la cárcel, o en el hospital por un coma etílico. El público en general se extasía ante las vidas alegres o desgraciadas, pero siempre conflictivas, de cuatro espabilados que cuentan sus cuitas, porque «es justo hablarle en necio para darle gusto»

No respetamos siquiera a los jueces, ignoro si porque ellos mismos no son dignos de respeto o porque nosotros estamos dispuestos a saltarnos normas, leyes y valores, en nombre de una libertad que se ha convertido en tedioso, pero a la vez arriesgado, libertinaje. Quizá deberíamos recordar un tiempo, no tan lejano, en que la palabra de un hombre, o mujer, por supuesto

—otra idiotez—, era sagrada; cuando un apretón de manos valía más que una firma ante notario. ¿Y las llaves en las puertas? ¿Quién se atrevería hoy a dejar la llave puesta? Por supuesto nadie. Nos blindamos y ni aun así evitamos los robos. Los delincuentes, seguros de la impunidad, emplean su creatividad —digna de mejor causa—en hallar medios para entrar en todas partes y llevarse lo poco o mucho que haya en la vivienda. Y, como los monos, viendo que es fructífero y que no entraña riesgo, se comunican sus logros y la plaga se extiende.

¿Hay crisis? ¿Dónde? ¿Quién lo ha dicho? No importa. A un político, un banquero o un empresario, en cualquier lugar del mundo, se le ocurre la idea: sería bueno frenar a las clases sociales que se creen con derecho a exigir. Pues creemos la crisis. Y se extiende y se hace mundial y las gentes la integran y la hacen suya —por voluntad o por fuerza— y, efectivamente, todo se frena, y el dinero que hasta ayer circulaba desaparece. De todas formas, cada uno de estos despropósitos, y muchos más, no es difícil que se expandan; lo que sobran son medios de difusión. Nadie está aislado, porque, aunque no coma, paga su teléfono móvil, que le permite estar conectado con el mundo y en nada lo hará con el universo.

Quizá el experimento con los monos no fuera del todo fiable, pero ¿qué ocurre con la cristalización de algunos productos en laboratorios? Por poner un ejemplo —que según Rupert Sheldrake son varios—, la ampicilina. Primero cristalizaba en forma de monohidrato, es decir, «con una molécula de agua por molécula de ampicilina», y posteriormente lo hizo en forma trihidratada, y a pesar de los esfuerzos de los científicos, no consiguieron que volviera a hacerlo según su antiguo comportamiento, lo que les hizo cambiar la presentación del medicamento, porque los resultados en los pacientes no eran los mismos.

Estos problemas de cristalización en los laboratorios se extienden de unos a otros, sin que se conozca hasta el momento por qué medio lo hacen. La explicación de Sheldrake es algo que él llama «resonancia mórfica».

Me limito a constatar los hechos y a llamar la atención sobre ello. Las conductas negativas que nos invaden, y que minimizamos, o incluso nos empeñamos en ignorar, podrían convertirse en irreversibles y todos llegaríamos a ser borrachos, chorizos, ignorantes o cotillas.

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