TRIBUNA
Federalismo y leonesidad
Para la solución de los problemas territoriales que se están suscitando en España, una parte de la izquierda —importante e institucional— propone la implantación del federalismo, como si fuera la panacea para integrar a las comunidades autónomas que no se sienten españolas. Este sentir —si es que existe— no se solucionará ni con federación ni con avenencias que para ellas puede ser hasta displicente. No se entiende que se proponga este sistema de proyección política del Estado cuando la realidad es que ni se necesita, ni tiene impronta histórica, ni el pueblo lo requiere y, además, sería necesaria una nueva Constitución. Como dice un amigo mío, con cierta sorna, todos los días oigo conversaciones en cada bar del Barrio Húmedo en que la gente ansía la creación de un federalismo.
Seamos serios. Una Constitución no puede cambiarse cada generación con la disculpa de que los jóvenes no la votaron en el año 1978. En esta Carta —votada y no otorgada— ya se dijo sabiamente (art. 145): «El ningún caso se admitirá la federación de comunidades autónomas». Una prohibición que se sustenta en la base organizativa del Estado que es —quizás— más amplia e independiente que unos estados federados, pues quien se une —se federa— en nuestra Constitución es la provincia que «podrá acceder al autogobierno y constituirse en comunidades autónomas» (art. 143 CE).
Los partidarios de este federalismo en España argumentan que la propia Constitución habla de «nacionalidades». Parece que no han entendido lo que quiere decir la expresión «nacionalidades y regiones que la integran», pues bien claro es que se trata de la Nación (así con mayúscula). Esto es que la «nacionalidad» es una cualidad de la Nación (España) y cuya manera de sentirse español lo es desde la nacionalidad de leonés, castellano, asturiano, etc. Ya Ganivet decía en sus Cartas Finlandesas, que «Mi federación va a la unidad, mientras que la federación sistemática y permanente no va a ninguna parte».
Esta tendencia a la federación es una inclinación ideológica extraída del anarquismo que, creado por Proudhon, propuso en su obra sobre el principio federativo la pretensión de poner —lo que llamaba— freno a la barbarie del capitalismo; desde ahí se trasladó a la teoría de organización política. Para los que tanto alardean —y ondean— la bandera tricolor republicana al lado de la hoz y el martillo, deben de leer el artículo 13 de la Constitución de 1931, a saber: «En ningún caso se admite la Federación de comunidades autónomas». Por lo tanto, no hay que compaginar República con federalismo. Más bien al contrario, monarquía con unidad; pues no en vano, si echamos mano de la historia nos encontramos con que la de los reinos unidos: «en cuanto unos y otros se funden en un todo principal, y por ello todos tienen la misma naturaleza, las instituciones políticas son comunes a todos ellos» (García Gallo).
Y en lo que se refiere a «qualesquiera habitadores de Cataluña se les da y concede aquellos privilegios que poseen y gozan y en adelante puedan poseer y gozar los habitantes de las dos Castillas». De tal forma que si se tratara de invocar la historia no haría falta ninguna federación, pues lo que se unió hace setecientos años no puede separarse ahora para unirlo artificialmente .(Ya se decía en las Partidas , refiriéndose a la Monarquía : «… todos los del Reino deben guardar que el señorío sea siempre uno, e no lo enajenen ni lo departan»).
Por lo que respecta al leonés, ya se unió hace tantos años que, como dice el himno de León: «sin León no hubiera España...», de forma que no interesa federar aquello que permaneció unido durante siglos. De tal suerte que, lo que pudiéramos llamar «nacionalidad» leonesa, se convierte por mandato constitucional en leonesidad, que no es ni más ni menos que una cualidad de españolidad sin necesidad de federar lo que por su propia naturaleza es unitario para incorporarse a otras comunidades transnacionales. Europeización de la que decía Ortega que «es el método para hacer esa España, para purificarla de todo exotismo». Es decir, para depurarla de los nacionalismos —que no nacionalidades— arcaicas y peregrinas. No es momento de volver a aquellas veleidades republicanas en las que se decía tanto de Castilla como de León que «era un país inferior» (Comín Colomer, 250).
Ahora a los que reivindican, por ejemplo la leonesidad española se les tacha de nacionalistas centralistas, olvidando que por la generosidad de los constituyentes de 1978, se ofreció el autogobierno de las regiones; porque hay que decir que, constitucionalmente, la unidad territorial y jurídica es la provincia que, por sus «características históricas, culturales y económicas comunes» pueden constituirse en autogobierno; con fiscalidad —en algunos casos— propia, policía y organización superior a un estado federal. Cortar la troncalidad de las uniones provinciales, con sus respectivas nacionalidades, para que se asome o separe una rama del conjunto de España, además de romperse lo que se une para Europa, es no entender lo que supuso el sistema autonómico ni lo que es la federación. Nuestra leonesidad está por encima de toda pretensión periférica de separarse para unirse en no se sabe qué federación. Nuestro futuro debe seguirse a través de la histórica y europeizante marca hispánica.