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José María Calleja
León

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Tiene por delante Jordi Pujol un calendario tumbativo. Por mucho que con su prepotencia definitoria, y pese a «no estar obligado», haya dicho que nos hará el favor a los humanos de ir al Parlament «a partir del 22 de setiembre» —sin concretar el día y temiendo que su actitud será: «nada que declarar»—, parece que ha empezado un calvario que no se sabe si acabará con él.

El que fuera padre de la patria catalana deberá asistir antes a la primera Diada, 11 de setiembre, con él como defraudador confeso a la Hacienda catalana, es decir, española. Luego, no sabemos cuándo, deberá sortear una comisión de investigación en el Parlament que, a pesar de la fama que las define como inútiles, promete ser entretenida en este caso. ¿Dirá la verdad? ¿Toda la verdad?, por ejemplo que él era el que más robaba pero no el único. ¿Aclarará el papel de Artur Mas y de su padre, evasor convicto, en todo este saqueo?

El quince de setiembre verá Pujol cómo su hijo mayor, el hereu, Jordi Pujol Ferrusola, declarará ante el juez Ruz por presunto corrupto, por hacer lo que veía en casa, vamos. Tras una o varias tilas, Pujol tendrá que declarar él mismo ante el Parlament, ese órgano que era depositario de la voluntad de los catalanes hasta que él decidió meter la mano en la caja y considerarlo como algo no necesariamente necesario

No sabemos si ese «después del 22 de setiembre» se solapará con el no referéndum que no se celebrará el 9 de noviembre, esa convocatoria que con tanta eficacia ha reventado con su confesión el propio padre de la patria, convertido así en enemigo sobrevenido del proceso soberanista.

Posiblemente, si todo este ajetreo nos lo hubieran contado hace unos meses, no nos lo hubiéramos creído, pero la caída del edificio político construido por el gran timonel de la patria catalana es de tal envergadura que no podemos descartar ni su procesamiento ni el de sus hijos, tan entrenados en hacer caja al tiempo que hacían patria.

El caso es que después de que Jordi Pujol nos confesara su robo, hemos sabido que su hijo homónimo se entregó a la bruja Adelina en Andorra para que le pasara un huevo de gallina por la espalda con el deseo de liberarle de los pecados. Desconocemos los resultados de semejante exorcismo, pero no parece exagerado decir que nada ha vuelto a ser igual en Cataluña.

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Hay miles de catalanes en estado de shock tras comprobar que el enemigo estaba en casa y era su padre político. Que eran el padre y su familia los que robaban. No cabe aquí el recurso habitual de echar la culpa al enemigo exterior, por mucho que el lenguaraz Montoro haya contribuido con su intervención dramatizada a engordar esa coartada recurrente en el nacionalismo.