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ERNESTO ESCAPA
León

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La memoria es cruel y displicente con los perdedores, de manera que su recuerdo ni siquiera se impone al hilo de las efemérides más redondas. Está pasando este año con César Arconada, un escritor vanguardista truncado por la guerra y extraviado en la aterida lejanía de Moscú. Porque la lotería de las conmemoraciones tampoco es equitativa. Había nacido en Astudillo en 1898 y murió en 1964. Este tortuoso itinerario se transparenta en su obra, vinculada a los movimientos estéticos que marcan los años previos a la guerra. Arconada partía de un localismo estético de cartero terracampino para instalarse primero en la audacia formal, protagonizar luego los momentos más fértiles del compromiso y alojar su desterrada madurez en la tristeza. Los ecos de su reciente centenario apenas sirvieron para tramitar un par de reediciones, un desolado memento disfrazado de curso de verano y alguna rutinaria evocación comarcal.

El rescate de la parte más valiosa y vigente de su obra se produjo en la segunda mitad de los setenta, con el viento a favor de la naciente democracia. Entonces vieron la luz nuevas ediciones de sus reveladores libros de cine: Vida de Greta Garbo y Tres cómicos del cine ; de su novela mayor, La turbina; también del relato bélico Río Tajo . Y una antología de textos periodísticos: De Astudillo a Moscú. La poesía vanguardista de Urbe tendría que esperar su resurrección hasta 2002. Arconada fue redactor jefe de La Gaceta Literaria y fundador con Buñuel del primer cine club español. No parece un balance demasiado generoso para un escritor de su talento, pionero en tantos aspectos notables. Pero seguramente fue la cosecha que pudo recogerse.

En el cuarto de siglo de su exilio moscovita Arconada actuó como responsable de la edición en español de la revista Literatura Internacional , compañero de desdichas y resignación del escultor Alberto Sánchez, traductor a destajo y cicerone de Neruda en sus andanzas soviéticas. Con el poemario Dolores cotizó su obligado tributo al período más brutal del estalinismo. Todos los retratos de la época reflejan esa congoja de su semblante decaído. Su compañero generacional Francisco Ayala anota en sus memorias el persistente silencio de Arconada ante la correspondencia de los viejos amigos españoles en otros exilios. Hizo versiones al ruso y montajes pedagógicos del teatro clásico español. Ahí colaboraba con Alberto, camarada de naufragio. Luego se unió a María Cánovas, una española que trabajaba con él en la revista, y el deshielo de Kruschev mudó en parte su aspecto abatido. A mediados de los cincuenta se ilusionó con un viaje por China y escribió un hermoso libro, pero las disputas comunistas del momento le obligaron a comérselo con silente y sumisa docilidad.

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