TRIBUNA

La emigración africana y la explotación neocolonial

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filosofía jubilado
León

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Interrogando la conexión de los hechos que atraviesan el transcurso de nuestros tiempos, me inclino a creer que el discurso oficial no se ha valido nunca de argumentos sólidos para tratar con realismo u objetividad el tema de la actual diáspora africana en Europa, máxime si se plantea desde un país influido por un pensamiento unidimensional de segundo grado que omite la reflexión antitética y la posibilidad de abrir un debate profundo que tienda a superar el inmovilismo que nos ha legado el franquismo, como se observa en España. Para el intérprete que pretenda ir más allá de lo aparente, la ola de emigración africana y de los países del mal llamado Tercer Mundo hacia otros horizontes es la consecuencia más inmediata de la explotación que sufren, una situación creada que los ha llevado a la negación de los valores elementales que defienden la dignidad humana. En concreto, se sabe que África es uno de los continentes más ricos del mundo, pero que sus recursos naturales están siendo explotados por las potencias neocoloniales.

«El neocolonialismo es más peligroso que el colonialismo», insistió el gran filósofo Kwame Nkrumah en sus obras estelares, sobre todo, en el Neocolonialismo, última etapa del imperialismo donde expuso con suma clarividencia que el Estado que cae bajo la jurisdicción de esa nueva forma de dominación es, en teoría, independiente y aunque goce de soberanía internacional, sin embargo, «su sistema económico y, con ello, su política son dirigidos desde afuera». Según las circunstancias y la lógica de los más fuertes, una potencia neocolonial puede ocupar militarmente un territorio de su dominio y controlar su gobierno. Pero la táctica general de su intervención es un riguroso control ejercido mediante medidas económicas y monetarias, obligando a sus respectivas nuevas colonias a «comprar sus productos manufacturados, con la prohibición de importar» los que provengan de otros países. En consecuencia, el «resultado del neocolonialismo es que el capital extranjero se utiliza para la explotación más que para el desarrollo de las partes menos desarrolladas del mundo. La inversión bajo el neocolonialismo aumenta mucho más de lo que disminuye la distancia entre los países ricos y pobres.»

Aplicando sus métodos, el neocolonialismo no sólo atrofia a los países subdesarrollados, sino también atrapa con sus tentáculos y de forma proporcional al resto de los países débiles que se sitúan dentro y fuera de su órbita. El investigador que pretendiera analizar desde una visión crítica los efectos de la famosa globalización, descubrirá enseguida que su irrupción en los rincones de los cinco continentes ha traído consigo la «agravación de la polarización» o la distancia entre el polo norte y el sur. Desde la perspectiva de la UE, España es uno de los mejores ejemplos del peso que ejerce el vaivén del capital de las multinacionales extranjeras, en defensa de sus intereses…

Según eso, se confirma que, exceptuando un reducido número de países que podrían entrar en la categoría de los que están «en vía de desarrollo», África es un continente neo-colonizado. Para detectar la parálisis de sus instituciones, sólo haría falta reparar en uno de sus bloques, tal como el de la Communauté Française, en la que todos sus integrantes están obligados a utilizar el franco CFA (Colonies Françaises d´Afrique, transformado actualmente en Coopération financière africaine), una moneda creada en 1945 por el general De Gaulle para unificar los criterios de explotación en sus colonias, y a pagar al Tesoro francés el 75% de sus divisas exteriores por su mantenimiento y convertibilidad en otras monedas. Si a eso se añade el hecho de que el 80% de sus industrias está copado por las multinacionales francesas y el resto por las de otras potencias occidentales, es evidente que estén condenados a postergar indefinidamente el desarrollo local. Hace falta citar los nombres de Exonn Mobil, Marathon Oil, Elf Aquitaine, Shell, Areva, Valco Aluminium Company, etc. explotadores del petróleo, uranio, diamante y demás materias primas en África, para constatar el alza de sus beneficios y la estancación del bienestar de los autóctonos de cada zona.

Salí de Guinea Ecuatorial, en septiembre de 1967, tras el estallido de la guerra de Biafra que los medios informáticos occidentales atribuían erróneamente a «enfrentamientos tribales». Por el contrario, un grupo de investigadores, entre los cuales se encontraba F. Xavier Verschave, autor de La Françafrique, le plus long scandale de la République, demostraron que aquel conflicto fue atizado por el régimen gaullista inspirado por Jacques Foccart y apoyado por Houphouët Boigny quienes, recelosos de que el eventual progreso de Nigeria, un colosal país anglófono, contaminara el África francófona, se empeñaron en dividirlo en dos tierras enemigas con el propósito de crear un Kuwait africano. Por eso, hasta enero de 1970, proporcionaron el armamento necesario al teniente coronel Odumegu Emeka Ojukwu, protagonista de la contienda, para que desde Abidjan consumase la planificada y fallida secesión. Si Nigeria pertenece a la Comunidad Económica de los Estados de África del Oeste (Cedeao) que, como su Banco Central (Bceao), es una organización muy manipulada por Francia y demás países occidentales, cuyos líderes fueron requeridos por Nicolás Sarkozy, en 2011, para formar un frente común contra Laurent Gbagbo, presidente electo democráticamente por el pueblo marfileño, eso significa que en esa África neocolonial coexisten diversas sub-zonas recolonizadas. Recordemos que Nigeria es un miembro de la Opep (Organización de Países Exportadores de Petróleo) y que la explotación desorbitada de sus yacimientos por firmas extranjeras no permite a sus masas hacer uso de esa materia prima que les pertenece. A veces perforan, digamos ilegalmente, ciertos oleoductos que explosionan y provocan hecatombes…

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Esta es la razón por la cual, una mayoría de las nuevas generaciones africanas, conscientes de ser víctimas hereditarias del statu quo, cansadas de la humillación de sus pueblos o naciones, se embarca en la aventura de la emigración hacia Europa pensando en una solución posible a sus problemas personales y familiares.