Diario de León
Ponferrada

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Hay un programa en la tele donde dos parejas desnudan sus cuerpos y sus miserias. Adán y Eva , se llama. Y los protagonistas del espectáculo demuestran que además de ninguna ropa, tampoco tienen gran cosa en la cabeza.

En Adán y Eva no pixelan los desnudos. Pero la piel no escandaliza. Son las palabras de quienes se someten al escarnio público lo que de verdad asusta.

Una de las chicas dice que busca «un tío con buena economía porque yo siempre he vivido muy bien. Es importante que tenga un buen coche, a poder ser Mercedes o BMV porque yo nunca he conducido una gama inferior, y también quiero que sea un caballero, que siempre conduzca él y que pague las cenas, nada de hacerlo a medias». La otra chica seleccionada trabaja como maquilladora de cadáveres y quiere «un chico acicalado». Ella se ducha mucho, añade, y así se quita «la peste a muerto».

Uno de los chicos afirma que le gustan las chicas que huelen bien porque «yo huelo a hombre». Y su rival asegura que está «orgulloso de su miembro viril».

Uno dice que no lee, pero le gusta el arte. Otra responde que sí lee libros de Dan Brown, «donde cuenta cosas de Da Vinci y eso», pero no sabe que el Manzanares es un río que pasa por Madrid. «Me suena a fruta», reconoce.

Yo no he visto el programa. A las horas a las que se emite me pongo un clásico en DVD y me olvido de la caja tonta. Pero he leído en la prensa digital las frases del cuarteto. Y me entero de que el show ha sido un éxito de audiencia.

Luego me encuentro con una manifestación de quinientos estudiantes en Ponferrada. Quinientos chavales que piden un plan de futuro para el campus del Bierzo, el fin de los recortes, y claman contra la desigualdad; «el hijo del cantero, a la universidad», gritan.

Pienso entonces en los hijos de la maquilladora de cadáveres. Del que huele a hombre. Del que no lee libros. Y de la que busca un tío que le pague las cenas. Me pregunto si tendrán una oportunidad o volverán a ir desnudos por la vida, como sus padres. Y me doy cuenta del gran salto en la evolución social que tenemos a nuestro alcance; sólo hay que apagar la tele o cambiar de canal.

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