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PEDRO VICENTE
León

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Aunque estén cayendo chuzos de punta sobre ella, a la clase política tradicional le cuesta horrores cambiar el ‘chip’. Por evidente que resulte la corriente de fondo que está zarandeando el escenario, a la postre confían en que la tempestad amaine sin provocar un vuelco que lo ponga todo patas arriba. Públicamente no tienen otro remedio que darse golpes de pecho ante el hartazgo ciudadano, pero ni de lejos se percibe un sincero propósito de enmienda. En el fondo se resisten a responsabilizarse de la insostenible degradación democrática a la que nos han traído.

Las reacciones ante el último sondeo del CIS recuerdan una de esas clásicas noches electorales en las que ningún partido admite que ha perdido. Todos encuentran argumentos para consolarse. El PP, que habría perdido casi al 40 por ciento de los votantes que le otorgaron la mayoría absoluta, no se aflige demasiado. Aún así, seguiría siendo el partido mas votado. Confía en que de aquí a las próximas generales haya cesado la escandalera de la corrupción y se haya afianzado esa incipiente recuperación económica que sigue sin apreciar el ciudadano. Y además de eso está convencido de que existe un voto oculto que, llegado el momento, emergerá a su favor.

Pese a ese fuerte desgaste del PP, el PSOE sigue casi cuatro puntos por debajo de su resultado en las anteriores elecciones generales, que fue el peor de su historia. Pero la levísima mejora (menos de un punto) del resultado de las pasadas europeas le sirve para argumentar que el liderazgo de Pedro Sánchez ha detenido la hemorragia electoral que comenzó con Zapatero y continuó con Rubalcaba. Y está poco menos que encantado con el sondeo, que le coloca, eso sí, en el centro de cualquier futuro pacto.

Lo de Izquierda Unida resulta casi surrealista. El sondeo confirma que está siendo fagocitada por Podemos, pero da por bueno que le roben la cartera argumentando que lo importante es que se hunde el bipartidismo. Y UPyD, que ve como se esfuma su expectativa de ser el partido bisagra, se consuela afirmando que la situación está muy convulsa y con mucha volatilidad. Ya nos habíamos dado cuenta.

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Paradójicamente, el espectacular alza de Podemos —primera fuerza en voto directo declarado— ha sido acogido con gran cautela por parte de sus dirigentes. Como politólogo que es, Pablo Iglesias es consciente de que el éxito de su formación radica en el deterioro de los «viejos partidos» y su talón de Aquiles en la credibilidad de sus propuestas programáticas. Sabe que una cosa es que el encuestado te utilice como instrumento para castigar a un tercero y otra diferente que ese mismo elector te vote luego como opción de gobierno. Por ello, lejos de la menor euforia, ha sido el más receloso ante el sondeo.