EL BAILE DEL AHORCADO
Ciertas preguntas
Esa pregunta no es cierta». ¡Toma ya! ¡Olé y olé! Que habíamos pensado que después de Lacan, el abismo, y de repente llega Lupicinio y demuestra que en esto de la semiótica queda mucha tela que cortar. Para que luego digan que si tal, que si Pascual, que en la Diputación hay más reserva intelectual que en la RAE, que en esta provincia somos la leche. Aunque puede que el vicepresidente de la cosa buscara otra palabreja. ¿Capcioso? Puede ser. Si es que los lapsus linguae resultan la mar de verbeneros. No vayan a pensar que la duda del periodista era un desiderátum de la mala intención, es que estos son malos tiempos para el mensajero y ya saben que cuando alguien tiene algo que esconder, los dedos se le hacen huéspedes. Y a más a más este país se ha convertido en una gran casa de forasteros en la que el poder ve enemigos por doquier y no es capaz de darse cuenta de que, a este paso, acabaremos todos desahuciados. Cuanto más recelo hay en contestar preguntas mayor es la demostración de que hay algo que encubrir.
Y, sí, una de las principales obligaciones de los representantes públicos en un régimen democrático es responder, porque esta actitud, que siempre es con el ciudadano y no con el periodista, no es otra cosa que dar lo comprometido y entraña un comportamiento responsable que pocos políticos demuestran.
Lo de Lupicinio no deja de ser una anécdota rumbosa, un chascarrillo con el que pasar la tarde en la redacción. Lo malo es cuando la soberbia se revuelve, cuando se pierden las formas, cuando se olvida el respeto al profesional. Y eso ocurre porque se tiene una concepción de la responsabilidad un tanto confusa. El poder se ejerce, se detenta, pero no se posee. Los políticos no son más que servidores públicos. Sois vosotros los que estáis a disposición del ciudadano —del periodista, por lo tanto— y no al revés.
Pero hay políticos, no todos, que siguen pensando que comemos gracias a ellos, que trabajamos para ellos. Esta visión patrimonialista del poder adquiere en ocasiones tintes grotescos. Ahí tienen al vicealcalde de Valencia, el tal Grau. «Porque me da la gana». ¡Qué maneras! No hace mucho tiempo, fue el alcalde quien, ante el bochorno general, se dejó llevar por la soberbia y la mala educación —que se mama o no— y contestó con un ladrido a una simple pregunta sobre el tren. Creo que la lindeza fue ‘plasta’. No hay mejor palabra...