Diario de León
Cristina Fanjul
León

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L e mataron y le metieron en una maleta. Nadie lo evitó. Se oían golpes y el llanto angustiado de un bebé. Los vecinos, esos mismos que ante las cámaras de televisión mostraban su pesar, habían escuchado durante días los gritos de auxilio y habían preferido taparse los oídos. Apenas dos años, pero esta sociedad asquerosa se quedó callada. No hubo nadie que denunciara, nadie que se atreviera a llamar a una puerta tras la que agonizaba un niño de dos años. Ninguna institución se preocupó por Imran, ninguna de esas concejalías, consejerías, fundaciones pagadas con dinero público que se intitulan de ‘familia’ o ‘de mujer’ y que sólo están para salir en la foto, remedos cursis y fallidos de la sección femenina, limpiaconciencias hipócritas y banales. Ningún funcionario, nadie se interesó por la muerte de un fantasma. Porque en esta sociedad hay niños que al poco de nacer ya no son de este mundo.

Pero el problema no es de los trabajadores públicos que, en la mayoría de las ocasiones, tienen las manos atadas. En un país en el que todos los políticos acuden con chofer a comprar el pan, los funcionarios de Servicios Sociales tienen que meterse solos a la boca del lobo, tienen que gestionar, con una desprotección casi absoluta, situaciones complicadas, con personas que en muchos casos les ven como enemigos.

Su trabajo implica a veces la retirada de custodias. Y lo hacen solos, sin que la administración les escolte, sin ayuda, sin protección, armados solos con su dignidad y el cumplimiento del deber.

A Imrán le metimos entre todos en esa maleta. Todos fuimos espectadores callados de un asesinato lento y preciso, de una muerte violenta y terrible que fue perpetrándose cada noche, mientras los ciudadanos bienpensantes de este país subíamos el volumen del televisor para poder seguir con la conciencia limpia.

Fue en Oviedo, pero el cuerpo destartalado de Imran también se tiró en León. Porque hay puertas que preferimos no abrir. Porque hay niños a los que no queremos mirar. Porque hay lugares dentro de cada uno de nosotros que silenciamos para pensar que estamos a salvo, por eso Imrán, como el cadáver de César Vallejo, seguirá muriendo cada noche, mientras montamos con sordina nuestra triste coartada.

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