León

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L a beca de Errejón va a acabar generando un beneficio ingente para toda la sociedad. Y no me refiero a ese presunto estudio que tiene que realizar y que cuenta con demasiados mellizos o incluso gemelos en facturas pagadas o pagables por las administraciones y que incluyen en sus pomposos títulos términos como «sostenible», «igualitario», «balance crítico» o «alternativo al capitalismo».

Sus autores son algo así como unos elegidos aunque nunca han pasado por las urnas. Pertenecen a familias privilegiadas cuyos nombres se repiten en los organigramas públicos y especialmente en las universidades tan proclives a la endogamia, o lo que sería más correcto, al nepotismo. Ahora incluso se atreven a llamar casta a quienes sí se someten periódicamente al aval de los ciudadanos en las urnas, sin necesitar un concurso restringido para vivir del dinero público.

La beca de Errejón ha sacado a la luz el enorme chollo de los estudios y sin duda se generará un mayor control en ese derroche que grava las arcas de universidades e instituciones públicas en otra burbuja que nadie se había atrevido a pinchar todavía. Una fórmula de intercambio de cromos en el ámbito de la administración española donde más se puede ver que sí existe una casta en España, la de la universidad pública.

Uno tuvo la suerte de estudiar en un centro con ocho siglos de historia y no salía de su admiración cuando se encontraba los mismos apellidos en los profesores actuales y en los de rectores o decanos que dan nombres a calles por su labor de muchas décadas atrás. Verdaderas sagas que de momento en la ULE no se hacen tan presentes, quizás porque no ha dado tiempo.

En un pleno de un ayuntamiento de esta provincia, hace un par de años, la entonces oposición criticó que el concejal de bienestar social cobraba más que la suma de todas las ayudas y subvenciones a ONG del municipio. Ese bienestar social basado además en estudios que nada tienen que ver con los y las que se remangan cada día para ayudar a salir adelante a personas en riesgo de exclusión social, mujeres maltratadas...

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Sólo con leer los títulos de muchos de esos presuntos estudios e investigaciones ya se detecta que hay en el asunto mucha casta. O quizás caspa, porque se hacen inexplicables en pleno siglo XXI, y dan pábulo a las sospechas sobre esa endogamia tan ajena a la legitimidad que sí dan unas urnas.