Publicado por
alfonso garcía
León

Creado:

Actualizado:

No sé hasta qué punto es el humor un elemento importante de nuestra manera de entender el mundo. El canapé, los pinchos formarían parte determinante en ese proceso: en torno a tales convocatorias se forjaron no pocas expectativas, exclusiones, confesiones lenguaraces, anécdotas, risas y desvergüenzas de todo signo y condición. Este es el mes por antonomasia en que suelen multiplicarse las citas, a pesar de la crisis, aunque se advierte en algunas cierta austeridad, necesaria, o lo pringoso de algunos pinchos, posiblemente con el ánimo de que el personal se retraiga un poco a la hora de engullir. Quedan un poco lejos ya los fastos de la abundancia y la diversidad radiante que se había iniciado con el bigotito de los cuarenta años en torno a vino y tortilla, ambos con el gentilicio patrio, que convirtió la ensaladilla rusa en nacional. Aunque cuando llegó la novedad, según cuentan en voz baja algunos de los fijos a tales ágapes, el personal se tiró al langostino, sin denominación de origen geográfico, lo que descargaba la conciencia de quienes llenaban los bolsos después de insistentes miradas de reojo. El langostino se había convertido en la envidia nacional.

Con las diferencias de su evolución, se definen los canapés como «aperitivos elaborados de pequeño tamaño y generalmente decorados, que se toman con los dedos y a menudo se comen de un bocado». Pura invención española, al parecer. Cuentan que fue Alfonso X quien dio origen a tales exquisiteces al disponer que en los mesones no se sirviese vino a palo seco, sino acompañado con algo de comida para evitar que se subiese rápidamente a la cabeza. Ahora se entiende parte del sobrenombre el Sabio: conocía bien el paño.

La picaresca española, a la que se debe reconocer su enorme capacidad de adaptación y de humor, no tiene límites. A los profesionales, escasos, es verdad, del manduque infiltrado en bodas y banquetes, poseedores de morro camaleónico, se añadieron los del canapé, número más generoso en época de neutralidad y abundancia. Lo recordaba en verso un organizador: «Digo yo, y digo bien: / invitamos a cuarenta / y llegaron casi cien». Con disimulo, claro, como relata Avelino Fierro (Una habitación de Europa. Diarios 2010-2012): «… comencé a engullir canapés para no tener que soltar prenda y dejaba la mirada perdida hacia los ventanales o el techo». Y en la abundancia, la exigencia tan propia por estos lares: «Si se ofrece aquí pescado, / yo lo quiero escabechado», que me recuerda, inevitablemente, aquella rima musical de mi infancia: «—Aquí te espero, / comiendo un güevo. / —Cómelo tú, / que yo no lo quiero».

Es verdad que el huevo, generalmente relleno de bonito y mahonesa, ha pasado casi a la historia de tales eventos. A no ser que lo resuciten hoy nuestros próceres, que no sé si celebrarán la Constitución con canapés o con su lectura reflexiva.

Cargando contenidos...