TRIBUNA
La corrupción y el delirio
E s angustioso observar que esta querida patria nuestra, esté pasando por una situación de desencanto, capaz de impedir la normal convivencia entre españoles, debido a la pésima conducta de medios y profesionales de la comunicación, proclives a magnificar informaciones y opiniones de marcado carácter populista que están llevando a la ciudadanía a un delirio de venganza, aún más grave que la perniciosa corrupción.
Es un hecho irrefutable que la corrupción en el marco de la Administración y la política, ha llegado a límites de indignante realidad, capaz de envilecer la conciencia de quienes la sensatez ha sido patrimonio, al menos en apariencia, de un honrado proceder. Tenemos ejemplos fehacientes del cambio de conducta de personas de elevado prestigio, convertidas en «fantasmas» de la más baja ralea del submundo del hampa y su homónima delincuencia.
Si tenemos que la corrupción es la consecuencia de una codicia desmesurada que se manifiesta y aflora por la debilidad de personas que tienen a su alcance el manejo de caudales ajenos, especialmente públicos, pensemos que sería factible volver a encarrilar el buen porte con que las personas gobiernan sus vidas, aplicando el principio de la penitencia o castigo para limpiar el pecado del robo amañado, y que pasaría por la devolución íntegra de la estafa, aplicando al propio tiempo la cuantía de máximos intereses durante todo el tiempo del «usufructo», llevando implícita la sanción con que Hacienda castiga los delitos fiscales, además de la pena moral que conllevan estas viles actuaciones.
Si la situación de los corruptos no contemplara la posibilidad de hacer frente al monto de la malversación, la prisión nocturna y el arduo trabajo diurno, serían el remedio para expiar este penoso deterioro moral. Los campos y montes necesitan una puntual limpieza para que en primavera y verano, los incendios con sus desastres naturales no condicionen de imprevistos los saturados presupuestos del Estado.
La prisión tal como se contempla para estos casos, representa un derroche económico de enorme cuantía y un asueto continuado e inmerecido, para relajo de estos delincuentes.
En principio hemos querido demostrar lo que personalmente entendemos por corrupción y, el modo de poder atajar su propagación, aplicando con contundencia los métodos disuasorios al alcance del Estado de Derecho y pedir a la Providencia que la Justicia sea implacable con todos los implicados por igual, evitando las «bulas» que algunos «profesionales» reparten sin sonrojo, olvidando el sagrado cumplimiento de la Ley.
En cuanto al delirio se refiere, su padecimiento imprime ideas o sentimientos que tienen que ver con el desorden o perturbación de la razón, originado por una pasión violenta. Por tanto si a este humilde servidor le preguntaran cuál de las dos afecciones encierra más ignominiosa miseria: la corrupción como afrenta reprobable, o el delirio como exaltación del ánimo, aunque pueda causar sorpresa, aceptaría antes el baldón de la corrupción, por la seguridad de que el tratamiento para su erradicación adquiere mayores posibilidades de éxito, aplicando la terapia que anteriormente hemos apuntado.
Continuando con lo que entendemos como diagnosis de la exaltación del ánimo y su severa y peligrosa repercusión, nos limitamos, bajo nuestro modesto criterio a explicar las gravísimas consecuencias a que para el mundo real y la convivencia tiene el desarrollo incontrolado de este infeccioso desorden. Seguimos responsabilizando a los medios audiovisuales, que con programas monográficos de carácter populista siguen soliviantando la pasión de los ciudadanos pasando en spots publicitarios y sobre alfombra roja a personajes de muy dudosa catadura moral predicando las «excelencias» de su alucinante «misión».
Los ciudadanos, que ya viven angustiados por la pésima situación, no asumen la esperanza de llegar a mejoría que haga cambiar el rumbo de los acontecimientos y, se lanzan sin reserva a abrazar la «religión» que les marcan los «monaguillos» de la secta antisistema.
Es posible que el título del escrito despierte cierta suspicacia, al menos para los más perspicaces de la «clase», esperando que pueda establecerse cierto paralelismo entre los conceptos descritos, pero lo que si se puede afirmar es la intención y voluntad de mostrar las arrastra. Por graves consecuencias a que la corrupción en estado puro tanto, es evidente que el delirio de venganza pueda extenderse hasta niveles insospechados, como fruto y consecuencia del lucro indebido de políticos irresponsables.
Resulta sorprendente que cuando vamos saliendo de la UVI por la casi quiebra económica y comenzamos a dar los primero pasos para una esperanzadora recuperación, aparece la «ciclogénesis» de la malversación colectiva, apuntando al blanco del Gobierno, disparando desde todas las posiciones, y muy especialmente desde las trincheras de la oposición, que ya mandaban «proyectiles» al PP cuando ocupaba esa posición, obligándoles a desliarse del repugnante «cordón sanitario» al que inicuamente le sometieron. Surgieron los 11M, aún sin resolver, el «chiste» del faisán, el independentismo catalán, el empacho etarra y la bancarrota económico-social. Todo ello propiciado por la pésima política del nunca «llorado» Zapatero y sus «insignes» colaboradores.
No trato en modo alguno de defender cualquier posición del Gobierno. Asumo el principio del eslogan «el que la hace la paga». Pero déjenme apuntar que nunca el Estado del Bienestar estuvo mejor sustentado que con la política del PP y, muy especialmente en la etapa del Sr. Aznar, dejando a Zapatero las arcas llenas para continuar la bonanza, hasta que por su manifiesta ineptitud consumó el despilfarro final. Se huele cierto tufo de conspiración, al menos en los pronunciamientos de los partidos para propiciar una coalición de izquierdas: la moderada, la extrema, la antisistema populista, para hacerse con las riendas del Gobierno. El «diluvio» sería una perita en dulce si prosperara tal desaguisado. En la situación en que nos movemos, solamente un Partido Popular, aseado, puede ofrecernos un futuro esperanzador.