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CÉSAR GAVELA
León

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L a llegada del AVE a León, de lo que me alegro muy sinceramente, subraya con trazo grueso la existencia de dos antitéticos mundos ferroviarios en la provincia. Una primera clase que será para los casi doscientos mil habitantes que viven en León y su alfoz al tiempo que para Ponferrada y su área metropolitana, que suma la mitad de esa población, cien mil habitantes, no habrá otra cosa que la miseria ferroviaria actual, ese reino del olvido y de la paulatina degradación de vías, trenes e ilusiones.

Es un contraste muy crudo, y del que ya teníamos noticia triste desde la muerte civil del tren de Velocidad Alta León-Monforte, que el hoy remotísimo Pepiño Blanco había anunciado con sonrisas confusas y luces lucenses. Tren que descarriló en los presupuestos, convirtiéndose en un sueño roto. Que convive, además, con otra carencia: la de la penosa conexión asfáltica del Bierzo con el sur de Galicia, tan necesitada de la autovía a Orense. La antigua puerta del Noroeste, la Ponferrada de los ferrocarriles y las carreteras que iban desde el resto de España a Vigo y Coruña se ha quedado en vía muerta o moribunda, que viene a ser lo mismo.

Malos tiempos para el Bierzo, ahora que la comarca padece una crisis brutal, y cuando tan importante sería tener la Velocidad Alta como acicate, como expectativa, como plataforma de modernidad. Infames tiempos, con la minería en trance liquidatorio. ¿Habrá alguna esperanza para los trenes bercianos, rigurosamente marginados? Parece que no. Y ni siquiera podemos aspirar a una combinación solvente con León, para coger allí el AVE, como dóciles pueblerinos.

Nos hemos quedado como los niños pobres, cuando ven a los ricos jugar en el parque con sus privilegiados regalos de Reyes. ¿También desmantelarán la Ciuden, pienso ahora, una vez se derrumban los últimos bastiones carboníferos? Pues puede que sí, probablemente. De momento la han jibarizado. ¿Y nos vamos a quedar así, silenciosos y quietos, como si fuéramos vecinos de una demarcación sumisa y orientalizante? ¿Nos vamos a callar y a transigir?

Cierro los ojos y evoco el futuro de la estación de Ponferrada. Es muy fácil hacerlo porque es el pasado. No hay imaginación, hay recuerdo. Como si nos hubieran condenado a los bercianos a vivir siempre en los años sesenta del siglo XX en lo tocante a los trenes. Igual que entonces, la vía lenta e incómoda a León, la vieja épica de postguerra del túnel del Lazo, los relatos de los abuelos cuando se subían al Jaimito. Seguimos ahí, en los tiempos del terrible accidente del túnel de Torre, aunque ahora sin tantos temores. Seguimos viendo pasar por Ponferrada a pocos trenes, cansinos y secundarios.

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El Bierzo continuará a cinco horas largas de Madrid. Y León a menos de dos. Esto es lo que hay, parece ser. Resignación cristiana. Y cristianísima y ferroviaria sepultura.