León

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Amí me pasa como a los catalanes, que me da vergüenza ser española. Lo peor es que, como les sucede a ellos, yo también me tengo que aguantar. Es lo que hay. Me tengo que aguantar con formar parte de una sociedad que se rasga las vestiduras por la muerte de un perro —recuerden aquella farsa del ‘Salvemos Excálibur’— mientras se queda en casa tras el asesinato de una veintena de personas a manos de los asesinos en París. Me tengo que aguantar, a pesar del bochorno, con ser parte de un país en el que, con los cadáveres encima de la mesa, hay ‘líderes de opinión’ que se atreven a hablar de la necesidad —e incluso la legalidad— de publicar dependiendo qué cosas que ofendan los sentimientos religiosos. Me tengo que aguantar, a pesar del asco que me da, con vivir en un lugar en el que la risa sigue dando urticaria, en el que sigue vigente el delito de blasfemia, travestido, eso sí, con el burka eufemístico del escarnio. Me tengo que aguantar, qué le vamos a hacer, con formar parte de una umma en la que el pensamiento crítico no existe, en el que no hay sustento filosófico para articular un razonamiento teórico que nos explique como sociedad, en el que nadie defiende el laicismo, ni siquiera la izquierda, acongojada tras el complejo y el onanismo del multiculturalismo, que sólo sirve para crear guetos.

Pues me tengo que aguantar, ya ven; por haber nacido aquí me tengo que aguantar con tener un presidente que acude a una manifestación en defensa de la libertad tras aprobar una ley mordaza, con sufrir a una clase política que no permite que te mofes de ella, o que la incordies. «Hay líneas rojas», dicen. Antes, me preguntaba dónde estarían las suyas. Ya no, claro.

Ya ven, nos tenemos que aguantar, que estamos peor que en el siglo XVII. Si naciera hoy, Quevedo no podría escribir. Quedaría sepultado por la avalancha de la vulgaridad. Me tengo que aguantar con vivir en un país en el que la población alaba con imbecilidad acrítica a un sujeto que cobra del régimen asesino de Irán —un país que cuelga a los homosexuales y a las adúlteras— mientras la boca le supura soberbia al hablar de la casta. Me tengo que aguantar con vivir en un país en el que se graba con un 21% el IVA a la literatura. ¡Eso sí que es censura! Durante la Segunda Guerra Mundial, un ministro le recomendó a Churchill que disminuyera el gasto en cultura. «¿Para qué luchamos entonces»?, le contestó.

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