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antonio casado
León

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C omo es conocido, se ha organizado un gran revuelo en Andalucía por una declaración en apariencia inocua de la secretaria de Podemos en Sevilla, Begoña Gutiérrez. La dirigente ha dicho que «serán los ciudadanos quienes decidan sobre la continuidad de la Semana Santa sevillana». Con toda la razón, muchos ciudadanos a los que ha llegado este aserto han puesto el grito en el cielo porque han interpretado que la continuidad de la Semana Santa sevillana no está metafísicamente asegurada, tesis inquietante que habría quedado reforzada por la actuación envenenada y absurda de algún fan de Podemos en las redes sociales.

No parece, la verdad, que flaquee el apoyo andaluz a sus celebraciones de Semana Santa, tan arraigadas. Por lo que el enunciado de una gran obviedad por parte de Begoña Gutiérrez ha sido malinterpretada. Decía Ortega que hay evitar decir lo obvio y es evidentemente una simpleza afirmar que habrá Semana Santa si lo deciden los ciudadanos. De hecho, los ciudadanos lo están decidiendo todo desde muy antiguo, y en todo caso desde 1978, por lo que resulta redundante reiterarlo y es absurdo que lo hagan quienes discrepan del sistema establecido como si hubieran aterrizado desde otro planeta y hubiesen ahora de redimirnos enseñándonos qué es y para qué sirve el sufragio universal. Porque —conviene subrayarlo para que nadie alegue desmemoria— aquí disfrutamos de un democracia de alta calidad desde que, mediante un proceso de transición ejemplar, nos dotamos de una Constitución perfectamente homologable con las de nuestro entorno. Quiere decirse que la soberanía nacional dictó sus reglas, y que esa misma soberanía ha imperado permanentemente hasta hoy, sin la necesidad de redentores y sin dar razones en absoluto para que alguien ponga en duda su idoneidad

Contra lo que se dice o se insinúa a veces, la democracia directa —el asamblearismo, que se basa en la participación de todos en la toma de decisiones— no es la sublimación de la democracia parlamentaria sino su precedente, un rudimentario estadio anterior al modelo de democracia representativa que hoy rige en las naciones más libres y adelantadas de la tierra.

Este país de nuestros desvelos tiene evidentes problemas de diversa índole, desde el territorial —mal resuelto en su momento— hasta el relativo a una corrupción intolerable, que sin embargo está siendo resuelta con dura ejemplaridad por los tribunales. Pero habría que estar ciego para no advertir que hemos avanzado mucho, y hasta cotas muy altas, en estos 35 años de democracia. En esta coyuntura, las reformas son ineludibles, pero no tiene sentido cuestionar el edificio en su conjunto. El suicidio no está en el ADN de los pueblos, y aunque algunos lo han practicado, el nuestro goza de una buena salud mental y a buen seguro tomará en su momento las decisiones adecuadas.

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