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miguel á. varela
León

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A demás de su puntito de postureo intelectual, el verbo releer contiene básicamente una falsedad: nadie lee dos veces el mismo libro. El lector que lo leyó en su día era otro muy diferente al que hoy lo abre. La obra no cambia, la persona sí.

Pensaste en eso cuando, convencido de que los centenarios literarios sirven esencialmente para leer, te pusiste con El Señor de Bembibre , que fue seguramente lectura juvenil apurada por las urgencias de los descubrimientos tempranos y empañada por los tópicos académicos. Encuentras ahora en la novela de Gil un agradable regusto y te detienes en aspectos a los que antes no prestaste la debida atención. Los secundarios, por ejemplo.

Sientes debilidad por los secundarios. En el cine o el teatro, el acierto en un papel episódico, en una figura ocupada por lo que llamamos «actores de reparto», es esencial para que el conjunto funcione, el engranaje dramático tenga precisión y los protagonistas se luzcan. No hay papel pequeño sino actores torpes que pueden destrozar la mejor escena del héroe.

En la novela de nuestro paisano eso sucede de forma singular con los criados: la pizpireta Martina, el fiel Millán e incluso el cachazudo palafrenero Mendo son personajes más vivos y están mejor dibujados que los propios protagonistas.

Los un tanto acartonados Álvaro y Beatriz están sujetos en exceso a los cánones de los sufridores amantes románticos mientras que los criados, como advierte Picoche, encajan en el modelo de los despiertos y agudos criados del teatro barroco, que tan bien conocía el poeta villafranquino. Siempre a las órdenes de sus patronos, su ingenio y disposición relajan el drama con sus salidas cómicas y favorecen la resolución de los conflictos.

Caes entonces en la cuenta de que a finales de mayo hay previsto un espectáculo que precisará de una enorme cantidad de secundarios. Solo en Ciudad del Puente, donde se calcula que habrá no menos de diez listas electorales, a veinticinco nombres por lista, más suplentes, nos ponemos en alrededor de trescientos papeles a repartir, protagonistas aparte. Toda una superproducción. Y un desafío para cualquier director de casting.

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La misión de estos secundarios, como la de Martina, Millán o Mendo, será la de sumar o, al menos, no restar, en el desarrollo de la función, aportar frescura a la trama y no tapar a la primera figura en la escena. Y, puestos a pedir, sería conveniente que cumplieran con el requisito que dejó apuntado Chejov en su cuaderno de notas: «El deseo de servir al bien común debe ser obligatoriamente una necesidad del corazón, una condición de la felicidad personal; si no proviene de allí, si nace solo de consideraciones teóricas o de otro tipo, no sirve».