León

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Cuando una de las frases más repetidas entre quienes viven el día a día de la Justicia es un «eso es imprevisible» delata que algo cruje en el sistema. Y no hablo de grandes procesos, de operaciones mediáticas o de complicados entramados legados. Me refiero a esas menudencias cotidianas que parecen cuestión de «sota, caballo y rey» aunque ya dentro de un Palacio de Justicia uno no sabe quién puede cantar en cualquier momento las cuarenta.

Siempre me ha admirado el criterio de Justicia que tienen los niños. Donde sólo hay negros y blancos, y no caben los matices de eximentes o agravantes, en función en demasiadas ocasiones de puros factores subjetivos. Es cierto que la realidad suele ser mucho más complicada de lo que se percibe a primera vista. Pero mi experiencia personal en los juzgados es bastante limitada y por ello —a pesar de que algún amigo sigue riéndose de mí cuando lo recuerda— no puedo olvidar que al prestar declaración como testigo en una causa pude comprobar en mis carnes que quien debía no perderse detalle de lo que ocurría en la sala estaba más pendiente de si metía las manos en los bolsillos del chaquetón —en un gesto al parecer soez o peligroso a pesar del control de seguridad de acceso al recinto— que del asunto a enjuiciar.

Es cierto que todo un poder tan fundamental como es la Justicia acaba literalmente en manos de una persona, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Pero también es verdad que la ciudadanía reclama con total derecho un poco de lógica. Hay demasiadas oportunidades en las que se perciben incongruencias de primer nivel que son difícilmente entendibles. Pero rápidamente surgirá una voz que proclama que todo se debe a que el sistema es garantista.

Dudo que sea imprescindible disfrazarse para ejercer cualquier profesión aunque alguno quizás sueña en lo más profundo de su ser con esas pelucas anglosajonas de las películas. Al final, como ocurre en cualquier oficio, la clave pasa por la honestidad. Por ello se entiende mal la doble velocidad de unas causas y de otras, los planteamientos contradictorios o lo que es más peligroso, que sólo se dé curso dependiendo del nombre del encabezamiento.

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A los que no sabemos de leyes quizás nos pueda sorprender que las haya del siglo XIX aún en vigor. Falla la herramienta pero quizás entre los operarios también sería interesante un poco más de autocrítica.