AQUÍ TE ESPERO
Cura de humildad
N os hemos endiosado tanto que lleganos a creernos que todo está controlado, que dominamos la situación. La modernidad, el siglo XXI que mediante banda ancha pone a nuestro alcance cualquier lugar del Planeta, nos hace creer que nada puede ocurrir que trastoque nuestros planes. Un accidente es una contrariedad imprevista, que puede causarnos algunos problemas, pero nada que no sepamos resolver de un plumazo.
Por eso cuando los elementos se rebelan y nos demuestran que no controlamos nada nos llena de perplejidad. La nieve es ese manto blanco y bonito que algunos años cubre nuestra ciudad y sirve para que hagamos muchas fotos, muñecos de nieve y presumamos del frío que hace en León. Y también es es manto que nos permite deslizarnos por las laderas de San Isidro, Leitariegos o el Morredero, creyéndonos dominar los elementos, cuando apenas controlamos las tablas en las que estamos subidos.
Pero la nieve es algo más y de vez en cuando nos lo demuestra. Es esa capa helada de centímetros o metros que deja aislados pueblos, que corta carreteras y que puede dejar sin luz ni alimentos a cientos o miles de personas, que se reencuentran con su niñez o su juventud, cuando ocurrían estas cosas con más frecuencia o eso nos parecía, porque el tiempo no iba tan deprisa y cada San Martín servía para asegurar la subsistencia en nuestros pueblos durante un invierno que no se llevó el lobo, por más que creyéramos haberlo domesticado.
Sí, en 2015 vuelve a haber carreteras cortadas y pueblos de los que no se puede salir, y largas jornadas sin otra luz que el sol y la débil llama de una vela o una linterna. Y hay que volver a espalar para salir de casa hasta la carretera, a ver si con un poco de suerte puede subir el panadero o el fresquero que trae el pescado.
Nos habían dicho que las nuevas tecnologías permitían controlar el mundo y, de repente, una nevada nos deja como a principios del siglo XX. Da igual que nos hubieran avisado. No sirven de nada las previsiones y, por desgracia, tampoco las alertas que tan seguros nos hacían sentir. Todas las redes sociales, las protecciones civiles y las umes del mundo mundial no pueden hacer nada cuando cae nieve a manta y nos aisla, dejándonos solos y lejos del mundanal ruido que nos hizo creernos todopoderosos. Es una cura de humildad necesaria. A ver si aprendemos.