Diario de León
Luis Urdiales
León

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N o se puede sentir más que compasión por los políticos que han empeñado su vida por el desarrollo de esta tierra, con planes vitales que envuelven en retórica de I+D+i, mensaje estéril para gente que emplea el invierno en tratar de abrirse camino con una pala. Estos leoneses ingratos, que torpedean la oportunidad de futuro que les cae del cielo. Corren los políticos a explicar que van a hacer mañana lo que tenían que haber hecho hace una semana; era previsible este campeonato extraordinario de atletismo de invierno después de tres semanas continuas de nieve. Hay prisa por acomodarse en una foto antes de que el sol funda la pared pétrea que impide hacer vida normal; hacer vida; urge demostrar que el contribuyente leonés merece ser tratado como administrado, y que los señores reaccionan con la misma celeridad ante los metros cúbicos del Ebro que frente al muro blanco que levantó el temporal en la cabecera norte de León, igual que se echaron a los cien metros lisos para aparentar que el kilo de paleta cocida no cotiza más en palacio que la arroba de libro encuadernado. Corren con el umbral anaeróbico desatado, a ver si consiguen que alguien no se dé por enterado de esa realidad trufada con informaciones a favor de obra. Al final, se termina por saber de la nieve porque en Pallide tuvieron que arrancar el john deere para arrastrar el jeep del aventurero de la cuneta o porque un tercio de la población está aislada de adentro hacia afuera —lo contrario resulta casi un alivio según se le agrieta el alma a la sociedad— y en el parte dejan un hueco entre los podemitas y los bolcheviques con cien millones en el banco y otros candidatos a entrar en la próxima edición de la lista Falciani para las tribulaciones invernales de este territorio periférico de la periferia. En las noches leonesas de falampos y luna llena se atiza la lumbre tres veces, hasta que el alba despereza las sombras y los ladridos roncos de los mastines y las grajillas que disparan graznidos de aire comprimido anticipan que el zumbido del valle es al fin el motor de la cuña que alivia el atolladero y se podrá contar con una hogaza tierna para acompañar el cocido (salvo en la carretera del Luna, donde está prohibido bajar la cuchilla para preservar el mal estado del firme). Que no nieva como antes, dicen los inconformistas del catecismo isidoriano. Será que no escuchan ese silencio que precede a las nevadas.

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