TRIBUNA
Radicalismos en Europa: el caso de España
E l antecedente más inmediato de confrontación sangrienta dentro de los límites de las naciones europeas, hay que buscarlo en la guerra de los Balcanes de hace 20 años (1991-1995-1999). En aquellos aciagos días, los países europeos, en especial los de la órbita más occidental, donde la democracia ha estado más arraigada desde hace decenios, asistían impávidos e impotentes a situaciones de horror y tragedia dentro de los límites de la antigua Yugoslavia (Serbia, Bosnia, Croacia, Eslovenia y Kosovo).
Una amalgama de posturas encontradas, donde el componente religioso no estaba precisamente ausente, desembocó en matanzas, exterminios y visiones apocalípticas como no se habían dado desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En cierta medida, la guerra de Bosnia dejó patente ante los ojos del mundo y, especialmente ante la atónita mirada de Europa, que el Viejo Continente no había superado enteramente la lección del nacionalsocialismo alemán, la locura de Adolf Hitler, la guerra fría, la intransigencia y autoritarismo del bloque soviético, ni tampoco el pragmatismo mitad cínico, mitad ególatra de las potencias occidentales.
En los días que vivimos, la tremenda crisis económica que sufren todos los países de la órbita europea, con especial incidencia en los ribereños del Mediterráneo, nos muestra una serie de fenómenos de carácter eminentemente social, que marcan machaconamente y a veces con especial virulencia, el devenir político. En algunos casos, la sangre sí llega al río, y la tragedia asoma nuevamente en el horizonte. El caso de Ucrania es paradigmático. Lamentablemente, Europa se muestra de nuevo impotente ante el desastre. La UE, núcleo principal del tablero político al oeste de los Urales, no deja de ser una conformación heterogénea y desigual, donde un bloque de países llegados más recientemente a la Unión, se acomodan muy difícilmente a lo que supuso en su día la idea de Mercado Común Europeo. Bien es cierto que en aquel inicio (Tratado de París, 1951) estaban países como Italia, que con el correr de los años ha ido perdiendo aliento tratando de acomodarse a los esquemas trazados desde el Elíseo o el Reichstag. La permeabilidad de las fronteras europeas, especialmente las del sur (España, Italia, Grecia) han propiciado asentamientos de otras culturas de muy difícil entronque con la europea general. Igualmente sucede con la incorporación de los países del Este. En el primer caso, la religión supone un hándicap añadido, además de unos modos de vida que en nada se parecen a los nuestros. En el caso de los pueblos del Este europeo, es más el componente social y de desarrollo económico, el que prime en el desarreglo, ya que el impedimento de carácter religioso no supone contratiempos añadidos. De esta suerte, en los últimos treinta años, la mayoría de los países de Europa más adelantados han acogido centenares de miles de inmigrantes que en muchos casos han ido paulatinamente formando guetos en las periferias de las grandes urbes. París, Londres, Bruselas, Berlín, Hamburgo o Amsterdam son ejemplos palpables. Grandes zonas del sur de Europa son igualmente receptoras de gentes venidas de otras latitudes: idioma, costumbres y religión hacen inviable la adaptación e integración. Si a ello sumamos la crisis, que en muchos lugares de Europa comienza antes del año 2006, el desarreglo social es inevitable, con la subsiguiente repercusión en la marcha del quehacer político. Sucesos de especial virulencia, con algaradas y manifestaciones importantes, se han venido sucediendo en los últimos años en todas las grandes ciudades europeas. Francia, Gran Bretaña, Holanda, Bélgica, Italia, e incluso países tan asépticos como Dinamarca, han sido epicentro de movimientos radicales, tanto de derechas como de izquierdas. Holanda y Francia, entre otros, han visto surgir formaciones donde la sombra del fascismo planea de forma evidente.
Más recientemente, tanto en Alemania como en Grecia, este fenómeno se ha materializado en formaciones ultras donde la svástica está presente. En otros casos, la marabunta radical se alimenta de los axiomas más ortodoxos del marxismo-leninismo. Aparte del ejemplo griego, el caso de Podemos en España sería elocuente, aunque bien es cierto que la esencia política de Iglesias y la troupe que le acompaña, no está muy clara. En el caso que nos atañe más directamente, la emergencia del clan madrileño y el éxito de masas cosechado en tiempo récord, obedece a una amalgama de factores diversos, a veces incluso contradictorios.
No existen dudas de que la indolencia de un PP, que solamente se ha mostrado activo con la tijera del recorte monstruoso y el martillo pilón de un sátrapa como Montoro, que nos ha zurcido la cartera de al revés, han sido factores determinantes de la ascensión de una barahúnda de ciudadanos que no saben muy bien lo que quieren ni a dónde van. Y es extraño este panorama de incertidumbre colectiva, ya que entre los miles y miles de seguidores de Iglesias-Tuerka, la imputada por malversación (Tania), el defraudador al fisco (Monedero) y el becario truhán (Errejón), hay un número importante de gente que sabe leer y escribir con absoluta soltura. El fenómeno es nuevo, aunque hay antecedentes en la Europa posterior a la gran Depresión de 1929. No hay que olvidar que el alma máter del nacionalsocialismo alemán a partir de 1931 fue un personaje como Hitler, que ni tan siquiera era alemán, algo que sí era relevante en aquellos días de amargo recuerdo. Después de las demostraciones de masas vociferantes de Munich, Berlín y Hamburgo y otras ciudades importantes, llegó la invasión de Polonia (septiembre del 39); luego, el desastre universal.
Me senté en los bancos de la Facultad de Ciencias Políticas cuando Iglesias aún no había tomado el primer biberón. Los grandes profesores de entonces (Paulino Garagorri, Carlos Moya, Roberto Mesa, Luis Diez del Corral, Maravall Casesnoves, Truyol i Serra, Fraga Iribarne, Manuel Medina, García Trevijano, Martínez Cuadrado, Raúl Morodo, Manuel Pastor, y un largo etcétera) dieron paso a una colección de veinteañeros, que ahora ya no cumplen ni 35 la mayoría, que han pasado de dar charlas de ciencia política teledirigida desde el subsuelo marxista, a la acción política directa.
Sin ocupaciones tangibles donde plasmar su teórico saber acumulado en el aula, van camino de sentarse en despachos y poltronas ofreciendo y prometiendo el oro y el moro y pintando ante los ojos atónitos y esperanzados de una mayoría sin horizonte palpable, una quimera que se antoja absolutamente irrealizable. Hay que estudiar con cierto detenimiento las poquísimas páginas escritas por Iglesias o el simpar Monedero, para no caer en la tentación de sentirse trasladado hacia atrás en el tiempo. Salvando los atuendos multicolores que acompañaban al comandante Chávez entonces y al ex conductor de autobuses Maduro, del hoy presente, da la sensación de que asistimos de nuevo, de la mano de Fedor Dostoievski, al asalto al Palacio de Invierno con el zar Nicolás II en su interior. A veces, como en sueños, me pregunto entre confundido y risueño, qué pasaría si por un momento el inquisidor Torquemada levantara la cabeza. O si la piedra del Valle levitara y el fagín de general ondeara de nuevo al viento. Decía León Tolstoi en uno de sus muchos momentos de inspiración: «hay momentos en la vida en que las experiencias del pasado nos ayudan a disfrutar aún más de ella en el presente». Sólo sé que Tolstoi demostró con su eminente producción literaria, que era un verdadero genio.