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alfonso garcía
León

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S on siempre buenas las conmemoraciones. Al margen de celebraciones y fuegos artificiales —necesarios también—, suponen recuerdos y acercamientos. En nuestro territorio tenemos este año algunas muy significativas, de cuyo desarrollo e intenciones recibimos casi a diario noticias frescas. El pasado año uno de los acontecimientos más notables fue precisamente el centenario de Platero y yo, obra en que Juan Ramón Jiménez exterioriza y manifiesta líricamente su mundo interior. Con este motivo aparecieron numerosas ediciones de la obra, alguna de belleza extraordinaria, con ventas más que notables y muchas lecturas y relecturas confesadas. Seguro que mi viejo compañero Amador Antón, al que hace medio siglo, real, que no veo, la volvió a repetir, aunque seguramente no le hacía falta; en nuestros años bachilleres él sabía de memoria, con puntos y comas, pausas y énfasis, Platero y yo .

Ya ven. Las asociaciones no solamente son inevitables, sino que te conducen por vericuetos intransitables de otra manera. Uno de ellos me lleva ahora al antiguo Colegio de Huérfanos Ferroviarios, ubicado en el leonés Paseo del Parque. Me explico.

Conocí a Rafael Chirbes hace unos años en la Feria del Libro de Sa?o Paulo, a la que asistimos un grupo de españoles relacionados, de una u otra forma, con el libro. Compartimos muchas horas de tertulias y paseos, al amparo de su exquisitez humana, de mirada humilde y siempre cercana e irónica. Hablamos también de León, donde había vivido casi cinco años, del leonés, desaparecido prematuramente, Santos Alonso, amigo común y con el que Chirbes entabló una entrañable amistad en los años 70.

La consagración de Rafael Chirbes como gran escritor le llegó con la publicación de Crematorio (2007) y En la orilla (2013), título este por el que se le concede el Premio Nacional de Narrativa, a pesar de que hasta la publicación del primer título citado entre nosotros venía siendo un escritor oculto , secreto o semisecreto, curiosamente con un éxito espectacular en Alemania, cada vez más intenso y reconocido.

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Pues bien. Aunque la revista Turia lo ha tenido con frecuencia en sus páginas, con motivo del Nacional de Narrativa le dedica un muy interesante Cartapacio . En la Biocronología trazada por Fernando del Val, leemos: «1959-1964. Acude a un colegio de huérfanos de León… Vi muy buen cine […]. En los colegios de Ávila y León, lo eligen para leer durante las comidas. En Ávila, leía a las monjas vidas de santos. En el refectorio de León, capítulos de Verne y de Salgari a los alumnos. Un año, por Reyes, le pide a su madre un ejemplar de Platero y yo , que le confiscan en cuanto llega. Cuando meses después se lo entregan, el jefe de estudios, don Ezequiel, nervioso, le pregunta cómo es posible que su madre le mande un libro en el que un capítulo se titula La perra parida ». Atando cabos. Y tiempos.