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césar gavela
León

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N ada más imprescindible que la memoria. Sin ella no existimos, nos convertiríamos en puro y vano presente, sucesivo y enajenador. Sin memoria y sin las artes que nos ayudan a preservarla —la literatura, la fotografía…— la vida sería banal. La memoria es lo que somos pero también debemos ver lo que somos ahora, en el presente memorioso y volcado al futuro. El que nos contiene y nos emplaza. Digo esto porque a veces tengo la impresión de que se magnifica mucho el tiempo pasado de nuestra provincia y se olvida su realidad. Se mira demasiado con cristales de luto su presente.

León hace cincuenta años era una ciudad bella, sin duda, pero aparte de que estaba bajo la losa del siniestro franquismo, tenía muchas lacras y era un pozo de injusticias, como toda ciudad española. Y lo mismo Ponferrada. Porque una cosa es la evocación sentimental o literaria, y otra el cántico consternado que a veces se nos puede escapar. Una cosa es la pena por lo perdido y otra es olvidar la realidad de la provincia de León ahora. Eludir el revolucionario cambio que se ha operado en la misma, como en el resto de España en los últimos treinta y muchos años. Las diferentes administraciones han construido una provincia que posee unas comunicaciones muy estimables, por no ser más generoso en el adjetivo. Una red que nos acerca al Atlántico y al Cantábrico, a la meseta y al resto de España. Cientos de kilómetros de autovías que eran pura ilusión cuando había que emplear hora y media larga para viajar desde Ponferrada hasta Astorga por el puerto de Manzanal. Aquella provincia era pobretona, llena de pueblos sucios y descuidados. Ponferrada era una urbe muy vulgar, aunque animosa. Su zona vieja estaba destartalada y arruinada en parte. Y la margen derecha del Sil era un lugarón sin gracia, como tantos otros burgos industriales de Iberia. Aquello era muy triste, mucho más que la memoria actual dolorosa. Y encima el franquismo y las alas cortadas, por tantos motivos. Infinitos.

Es cierto que la provincia de León pasa tiempos muy duros, como tantas otras de España. También que las perspectivas no son buenas. Pero ahí está la tierra nuestra, las ciudades, tan hermosas y cuidadas ahora, ahí los equipamientos culturales, tantos y excelentes, los museos, los teatros, los auditorios, los pabellones deportivos, los conservatorios, los conciertos. Sí, es verdad que anda todo un poco a medio gas, pero tenemos las bases para llegar a algo mucho mejor. Contamos con los medios, aunque todavía falten piezas, como la autovía Bierzo-Orense, por ejemplo.

Pero la realidad territorial es excelente, homologable con la de cualquier región francesa o alemana. Lo que era un sueño en los tiempos raigales de la melancolía.

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