León

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T odos tenemos películas preferidas que no pudimos ver en pantalla grande. El ciclo de cine clásico que programan en el Teatro San Francisco va a zanjar varias frustraciones a este respecto. Ya lo hizo con Casablanca , este jueves lo hará con Una noche en la ópera , obra maestra de los Hermanos Marx, y de la que muchos lectores quizá no sepan que su doblaje al español fue supervisado por Mihura. Allí estaré para pedir dos huevos duros, mostrarle mis relativos respetos a la señora Claypool, firmar un contrato con la parte contratante de la primera parte y, sí, por supuesto, entrar de nuevo en el camarote. Más aún: en esa escena maravillosa es donde quisiera jubilarme. La película la produjo Metro Goldwyn Mayer y fue estrenada en Estados Unidos en noviembre de 1935, cuando el país se encontraba aún en plena depresión, consecuencia del crack de 1929. En España se estrenó el 1 de junio de 1936. Supongo que para muchos que la vieron ese año en la gran pantalla fue la última vez que rieron en mucho tiempo. El gran rugido que ensordecería a los españoles un mes después no provino esta vez del león de la Metro.

La comedia admite diversos estilos o registros, aunque no tantos como a veces se nos quiere hacer creer. Hay mucho tongo. El otro día vi en televisión la última película de Almodóvar, Los amantes pasajeros . Transcurre en un avión. No tiene camarote, pero en la cabina había mucha actividad. Tiene sus golpes, pero me reí más con Aterriza como puedas .

«Esa la vimos tu padre y yo cuando éramos novios», solía decir mi madre cuando empezaba “Sesión de noche”. Mi padre, en cambio, rara vez recordaba haber visto alguna, pero las de los Hermanos Marx o las de Capra nunca se le olvidaron. Este jueves volveré a reír con Una noche en la ópera . Aunque casi me la sé de memoria, será la primera vez que la disfrute en pantalla grande. Supongo que en este formato en la escena del camarote entrarán muchos más personajes. Y si usted, lector, no puede ir pero querría, dígamelo y me reiré por los dos. Al final, aplaudiré también en su nombre. Lo haré gustoso como homenaje a nuestros mayores, a los que ya no viven pero están. También ellos son nuestros clásicos, a los que volvemos siempre.

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