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miguel paz cabanas
León

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N o sé a ustedes, pero a mí me parece que las cosas suceden ahora como si la sensatez y los escrúpulos de antaño hubiesen sido reemplazados por una conspiración de sucesos alucinantes e irracionales. No me refiero a la falsa creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino al extraño momento que estamos viviendo, a la cantidad de excentricidades y despropósitos de las que somos testigos un día sí y otro también: ahí tenemos a ese tipo, el tesorero más célebre de la Historia de España, saludando en plan cheli a los presos del módulo cuatro y paseándose unas semanas después por Baqueira Beret en un coche de lujo, cuando se suponía que salía del trullo sin tener dónde caerse muerto; a la todopoderosa presidenta de la Junta de Andalucía hablando de medidas a favor del empleo en el país de los EREs y en el territorio de mayor índice de paro de Europa; o a la inefable familia Pujol abroncando y mofándose de los representantes públicos que deberían estar tramitando su ingreso en prisión. El caso es que la demencia no afecta solo a la esfera política, sino que se extiende a toda la sociedad y, como una especie de Wally perverso, ves su sombra en cualquier sitio, a cualquier hora, de modo súbito y constante: en las unidades familiares donde es el hijo quien se dedica a dictar las normas a los padres (cuando no los somete a vejaciones); en las escuelas donde tutores atónitos ven a madres descerebradas defendiendo el derecho de sus retoños a tocarse la barriga (y a los maestros las narices); en los campos de fútbol donde los hinchas y los propios compañeros de equipo aprueban la conducta de un jugador que maltrata a su mujer. Pero si hay dos lugares donde se refleja con mayor crudeza esta miseria es en Internet y en Televisión: descubrir quiénes son los youtubers oligofrénicos que cuentan con más seguidores en España, pone los pelos de punta al más pintado y comprobar qué programas cuentan con mayor audiencia entre los ancianos de este país produce verdaderos escalofríos. ¿Se imaginan ustedes que hace tres décadas, en lugar de los sobrios tertulianos de La Clave , hubiesen aparecido en directo esos cantamañanas que pululan por los platós dando alaridos y poniéndose a parir? ¿No le hubiese dado un patatús a más de un telespectador entrado en años?

A lo mejor el que está en un error es quien esto firma: será que uno se está volviendo mayor o maniático (o las dos cosas a la vez) y que lo que considera anormal es popular e irreprochable. En los sesenta alguien desencantado escribió “detengan el mundo, que yo me bajo”. Yo ya no sé si echar el pie a tierra o subirme a un globo que me aleje de una realidad que cada día se parece más a una broma de mal gusto.

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