TRIBUNA
Penetrar en la mente asesina
P or segunda vez en poco tiempo, un joven europeo es capaz de mostrar, con toda crueldad, el lado oscuro y destructor de la condición humana. El 22 de julio de 2011 fue el joven noruego Anders Breivik quien nos horrorizó al perpetrar en Oslo un atentado con coche bomba y después asesinar a sangre fría a decenas de adolescentes. Ahora, un joven alemán, Andreas Lubitz, ha estrellado un avión de la Lufthansa contra los Alpes franceses provocando su propia muerte y la del resto de los pasajeros de ese fatídico vuelo. ¿Maldad en estado puro? ¿Enajenación mental? ¿Una mezcla de ambas?
Aunque todavía es pronto para esclarecer las múltiples causas de este siniestro se puede, sin embargo, tener certeza sobre algunos aspectos y especular sobre otros para clarificar la tragedia. Expondré sucintamente mis reflexiones sobre el caso.
Los datos objetivos del análisis de la caja negra revelan, con toda nitidez, que el copiloto estrelló el avión deliberadamente.
Todo indica que este acto consciente y voluntario fue, con toda probabilidad, planificado con antelación, lo mismo que hizo el noruego Breivik. El haber ocultado su baja médica apunta en este sentido.
Aunque ya no es posible indagar en la mente del asesino suicida, sin embargo sí se pueden recabar datos importantes de su entorno sociofamiliar y personal (documentos escritos por él, mensajes en redes sociales, conversaciones con sus allegados, etc.) que puedan llevar a los expertos a esclarecer su estado mental. Es posible que hubiera comentado sus planes con alguien de su entorno y que éste no le hubiera creído. No me gustaría estar en la piel de esa posible persona.
Es importante esclarecer si tomaba alguna sustancia psicoactiva bien prescrita por algún médico o comprada en internet, un hecho que puede revelar la autopsia de su cadáver, en el caso de que se pueda identificar. También resultaría esclarecedor determinar la existencia o no de enfermedades mentales en su entorno familiar.
Normalmente cuando una persona se suicida, lo suele hacer en la intimidad y en muy raras ocasiones pone en peligro la vida de los otros. Cuando esto ocurre, puede existir un componente de venganza que habría que investigar. ¿Venganza contra quién? Podría ser contra la compañía aérea por cómo se sentía tratado por ella, contra la ruptura de una relación sentimental o contra la condición humana en general.
Detectar que una persona padece una enfermedad mental resulta, a veces, fácil. Otras, sin embargo, es muy complicado, sobre todo cuando el paciente se niega a colaborar en la exploración psíquica o claramente miente sobre sus procesos mentales. Andreas Lubitz podría padecer un brote psicótico y que nadie en su entorno hubiera detectado que presentaba un estado mental dominado por alucinaciones y delirios. En este caso, él seria una víctima más de la tragedia.
Es posible que, en ausencia de un brote psicótico, el copiloto del Airbus padeciera un grave trastorno de la personalidad con componentes obsesivos, psicopáticos y narcisistas y que algún hecho traumático ocurrido en su vida social o íntima hubiera sido el desencadenante de la masacre. En este caso, se habría convertido en el verdugo responsable de la tragedia.
De este suceso funesto se puede aprender y evitar que se vuelva a repetir en el futuro. Ahora bien, hay que ser conscientes de que vivimos en la sociedad del riesgo y que, por tanto, el riesgo cero no existe. Unas veces vendrá determinado por las fuerzas de la naturaleza o por impredecibles fallos mecánicos y otras por la condición humana que está sometida a pasiones desmesuradas y a procesos de enajenación mental. Andreas Lubitz no tenía que haber copilotado ese avión y, si lo hizo, no tenía que haberse quedado solo en la cabina. Lufthansa tendrá alguna responsabilidad.
El hecho de que la catástrofe haya sido provocada por un ser humano complicará, sin duda, al resto de las víctimas el proceso de duelo personal. Su familia y sus allegados necesitarán ayuda especial. Es un deber de toda sociedad desarrollada apoyarles incondicionalmente y con todo tipo de medios. Fueron ellas, pero podíamos haber sido cualquiera de nosotros. La Unión Europea, en esta ocasión, ha reaccionado con unidad y de forma ejemplar.
Posiblemente tengamos que asumir que nunca se esclarecerán del todo las causas del siniestro. Hay que huir de las explicaciones simples, por ejemplo, que se volvió loco, ya que rara vez los enfermos mentales protagonizan actos violentos tan sofisticados. Y, en todo caso, todos tendremos que hacer un esfuerzo para no estigmatizar a la enfermedad mental.