HOJAS DE CHOPO
Cagones en fila india
La expresión «en fila india» procede de los indios de la pluma, que, cuando tenían que desplazarse por vericuetos sin explorar, lo hacían de este modo, eso sí, respetando experiencia y jerarquía. Lo de «cagones en fila india» ya es otro cantar, y nada tiene que ver con experiencias ni jerarquías. La idea, vinculada a los indios, pero de turbante, está en la órbita de la protesta. La imagen que tenemos de la India que se rebela suele estar asociada a Gandhi, que instauró métodos de lucha social novedosos, predicando, sobre todo, la no violencia como medio de resistencia. Otra novedad llega ahora desde aquellos pagos lejanos, con un claro espíritu de no violencia también, pero con el olor y el símbolo de él procedente como bandera para atraer la atención reivindicativa.
El caganer —léase cagón— forma parte de la tradición belenística de algunas de nuestras regiones. La llegada a los ámbitos de las expresiones lingüísticas se ha hecho tan poderosa, que difícilmente nos encontramos con alguien que, con mayor o menor intensidad y convicción, no se caga en algo o en alguien. Es un juego entre la realidad puramente natural y biológica y el símbolo de dejar el paquete ante los morros de situaciones y personajes que, como se supone, están lejos de caernos bien. Lo de los indios es otra cosa.
Se trata de una nueva fórmula de protesta. Un grupo de sesenta paisanos de aquel país, colocados en fila india, cagaron —así, como suena— simultáneamente sobre cada uno de los sesenta folios —uno bajo cada una de las posaderas— de una ley que pretende que sus tierras pasen a manos de poderosos y desalmados. Estos ciudadanos indios que abonan la tierra dejarían, obligados, de vivir de la agricultura, única actividad que han conocido durante generaciones.
El asunto preocupa a las autoridades indias, según rezan las escasas crónicas que llegan desde allí. Y es que al parecer la cosa ha tenido el éxito, el eco y el olor suficientes para que otros colectivos deseen ponerlo en práctica. Algunos están determinados a prohibir semejante muestra de culos y sus consecuencias. Otros apuntan a redacciones más cortas de leyes y decretos. Los más resignados hablan de crear cagódromos-manifestódromos especiales distribuidos estratégicamente por el país con el fin de concentrar la mierda y que los manifestantes no cojan frío en partes tan delicadas. Añaden tímidamente a la propuesta el acceso al agua templada para las posteriores abluciones. Si fuese aquí, ante la creciente amenaza de la privatización del agua, habría que pensarlo detenidamente. Esa que llaman «ley mordaza» —¿alguien sabe por qué?— podría estar dispuesta a sellar con esparadrapo todas nuestras salidas corporales al exterior. Por lo visto alguien está descompuesto. ¿Quién? Que no tengan la feliz idea de privatizar también el aire, que aleja el olor y atrae a las mariposas.