Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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El temporal de nieve de este invierno malogró una de las escasas pallozas que sobreviven en Balouta, donde hace un siglo todo el caserío se cubría con cuelmos de centeno. De unos años acá, teitar resulta caro porque no se siembra cereal y el secreto de su manejo quedó al alcance de unos pocos mayores, que ya no están para subirse al andamio. En otros lugares las pallozas tienen únicamente uso como pajares o cuadras y lo frecuente es que se encuentren abandonadas. Aunque de un tiempo a esta parte no faltan las pallozas turísticas, es decir, nuevas y relamidas construcciones realizadas siguiendo el modelo tradicional como reclamo para restaurantes, tiendas o instalaciones de turismo rural. Hasta hace unas décadas, Balouta ofrecía la posibilidad de visitar el interior de pallozas todavía usadas como viviendas. Construcciones de planta circular o elíptica con paredes de mampostería y cubierta vegetal de paja colocada sobre un armazón de madera. En su interior, una división con tablas que no llega al techo separaba la zona de los animales de la destinada a vivienda.

Ahora apenas queda media docena. La mitad cedidas al ayuntamiento, que las rehabilita con apoyo de la Junta, y otras tres en manos de resistentes. El puerto de Ancares franquea el paso por un cordal cuyas cumbres de Miravalles y Cuiña rozan los dos mil. Se trata de una ascensión dura y trenzada de revueltas que en tiempos más difíciles de transporte de pezuña contaba con el alivio de dos fuentes sucesivas: la de los cinco caños y la del abedul. Una vez arriba, la carretera regala un par de miradores: el de la derecha sobre Balouta y el de la izquierda para disfrutar el caserío de Suárbol. Desde Suárbol se pasa a Piornedo, ya en Galicia, que es como Balouta pero edulcorado por la promoción turística. No se ha librado Balouta, a pesar de su aislamiento, de soluciones constructivas que suponen un impacto muy negativo para el conjunto. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que tampoco el papel de la administración ha sido ejemplar en este caso.

A raíz del incendio que en 1957 devastó Suárbol, una disposición gubernativa gravaba la existencia de techos de paja. O sea, que el mérito de su pervivencia se distribuye a medias entre el aislamiento, que dificultaba las inspecciones, y la indolencia de los vecinos para cambiar su hábitat tradicional. Desde agosto de 1984, las pallozas están protegidas. Suárbol es uno de los pueblos más hermosos de esta bellísima zona. Tiene hórreos con pies de granito y un caserío techado con pizarra. La casona de Antoñán exhibe dos relieves de difícil interpretación y dudoso origen: una especie de cabeza cortada y un personaje que se cubre los genitales con una mano mientras eleva la otra en señal de desafío.

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