Publicado por
miguel paz cabanas
León

Creado:

Actualizado:

M e he pasado media vida haciendo exámenes, reválidas, pruebas. Evoco jornadas maratonianas con apenas trece años, al final de cada trimestre, mañana y tarde, explayándome sobre acontecimientos históricos o resolviendo problemas de química o de matemáticas. Estudiando hasta que se me quemaban las pestañas, para superar con mayor o menor éxito los parciales que a edad temprana eran ya como una amenaza periódica e insoslayable. Mirando a los curas y a los folios en blanco con cara de susto, persuadido de que, una vez más, nos torturarían con preguntas que no aparecían en los libros. Observando la pizarra donde, con pulcritud religiosa, se desplegarían las fórmulas, los enunciados, las cuestiones: un mundo bárbaro de cifras y polígonos exclusivamente creado para afligir nuestra recién estrenada pubertad. Sin olvidar aquellas láminas de dibujo donde el azar, transfigurado en una minúscula mancha de tinta, podía echar al traste horas y horas de trabajo obsesivo y minucioso.

Qué tiempos. Conozco a gente que los repasa con nostalgia, pero a mí me parecían insufribles. Porque a las pruebas constantes se agregaban las hostias que nos repartían, el terror psicológico, la sensación de estar viviendo perpetuamente en un mundo oscuro y amenazante. «Ustedes son una mierda», les decían a los alumnos que, puestos en fila, ocupaban los últimos puestos por el nivel de sus notas.

Ahora las cosas han cambiado, se supone que para bien. A la ausencia de castigos físicos se ha unido el empleo de técnicas pedagógicas modernas y contrastadas. La escuela es un lugar donde se protege a los niños y se les enseña con métodos creativos y estimulantes. Parece, sin embargo, que se confunde el ambiente saludable con un confort desmesurado. Que se ha pasado de requerimientos prusianos a entornos donde el alumno es una especie de diosecillo a quien no podemos apretar: no vaya a ser que se angustie o que los padres, convertidos en consentidores insoportables, se nos cabreen por exigirle más de lo debido. La última estupidez la han protagonizado esos progenitores que, incluso aquí, en León, se niegan a que sus chiquillos sean evaluados según establece la Ley. Bajo el argumento de que ha sido fraguada por el que es, probablemente, uno de los peores Ministros de Educación de la Historia de España, se han plantado diciendo que a sus nenes no se les pueden poner pruebas que midan sus conocimientos, no vaya a ser que se estresen. Y eso, señores, sí que resulta una soberana majadería: sin evaluaciones difícilmente sabremos cuál es el nivel de aprendizaje y, sobre todo, qué es lo que procede rectificar. Es ya un tópico, pero hemos pasado de una enseñanza rancia, agresiva y clerical a otra de sainete.

Cargando contenidos...