León

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U n buen retrato plasma mucho más que a la persona retratada, es sinfonía sobre la condición humana. Charo Acera y José Ramón Vega nos traen en estos días sus profundos conocimientos sobre este género, que los contiene a todos. Ella con su exposición de retratos escultóricos de leoneses, a partir del martes próximo en la sala de El Albéitar; él con su libro La mirada cercana , que incluye sus preciosos y precisos retratos fotográficos en blanco y negro. Ambos son continuadores de un gran clasicismo, imposible de realizar sin pleno dominio del oficio. Pero no sólo se trata de eso, de dominio técnico, aunque ya sería mucho. Hay mucho más: verdad. ¿El retrato clásico ha dejado de tener sentido? No. Para empezar, porque su clasicismo no es repetición de lo ya hecho por otros, sino diálogo con los maestros que ya lo hicieron antes, pero también y sobre todo con nuestro presente. Un retrato es proclamación al futuro, el yo individual trascendido en múltiple. Vega y Acera nos hablan en sus obras sobre la dignidad del ser humano, en unos momentos en que demasiadas cosas se desploman. Son auténticos e impregnan autenticidad a lo que hacen. No en todos los creadores realismo y verdad son sinónimos; en la obra de ambos, sí.

Se habla a diario de la larga lista leonesa de escritores, pero rara vez suele hacerse de la gran cantidad de excelentes fotógrafos. Me reconozco admirador de los retratos de Julia D. Veláquez, de Santos Perandones, Amando Casado, Vicente García, Luis Miguel Ramos y JJ. Rodríguez... me faltarían líneas para citarlos a todos. Están contando nuestra historia colectiva. Y lo hacen con humildad.

Resulta muy significativo de su personalidad el género escogido por un creador para expresarse. Hoy hacer retratos es mucho más que conseguir parecidos o detener instantes. Retratar hoy, como lo hacen Charo y José Ramón, es mantener viva la llama de nuestra esperanza, recordarnos que habitamos en los demás y ellos en nosotros. Con sus obras nos enseñan que las facciones no son frontera cerrada, sino paisaje abierto. Que somos seres únicos e irrepetibles, pequeños cristales en un gran caleidoscopio. Nos recuerdan que somos verdades, personales y colectivas, dentro de un yo múltiple.

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