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antonio manilla
León

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E mpecemos por lo incontestable: al hombre del mesolítico los arqueólogos le encontraron colgando del cuello un rosario de huesecillos de corzo, no un saquito de alpiste o de semillas. Por lo tanto, parece, el hombre primordial era carnívoro y cazador. Otra evidencia podría ser el fuego. El fuego, que es prácticamente innecesario para los vegetarianos, resulta imprescindible para los carnívoros. En las cuevas prehistóricas se hallan más puntas de flecha que aceiteras o guadañas, más restos de fogatas que vinajeras con restos petrificados de vinagre de Módena. Así podría seguirse un rato si no fuera porque no es necesario: busque —salvo en textos de propaganda vegana— a ver si encuentra alguna especie animal que, dotada de caninos, sea herbívora. No cabe mucha discusión cuando los argumentos tienen una implantación tan universal como los colmillos.

Pero la lógica del carnívoro no es exactamente la misma lógica del cazador en nuestros días. Mientras el cazador contemporáneo suspiraría ante el reto de dar matarile a un Tiranosaurius Rex redivivo, el carnívoro moderno se apena por las churrascadas que se han perdido con la desaparición de los dinosaurios. Se trata de una diferencia esencial. Y, como todo lo esencial, se remonta a los orígenes, a la raíz de las cosas, donde moran las preguntas sin respuesta. El huevo y la gallina. Qué gran paradoja las aves, que satisfacen por igual a vegetarianos y carnívoros no muy estrictos, en el huevo. Precisemos: carnívoros estrictos son los que no consideran carne nada que tenga menos de cuatro patas y vegetarianos radicales aquellos que únicamente comen cosas que no tienen cara. Unos y otros convergen en el punto de encuentro intergastronómico que es el huevo, ese óvulo infecundo.

Sostenemos que un carnívoro lógico de nuestro tiempo puede disfrutar alegremente de una parrillada y, al mismo tiempo, posicionarse intelectualmente en contra de las cacerías. Comer y matar hace ya mucho que no se sientan juntos a la mesa y, además, no es lo mismo que matar y comer, se trata de una de esas ocasiones en que el orden de los factores sí altera el producto, con la excepción de que usted sea Hannibal Lecter. En la época del hombre de la Braña, seguramente la caza era el mal menor para llevarse carne fresca al diente. Una vez inventada la ganadería, cayó bastante en desuso, degenerando en deporte. Calculo que por cada escopeta, hoy en día, existen al menos diez carniceros. Bendito progreso.

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