Publicado por
miguel á. varela
León

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H izo el domingo un espléndido día de primavera. Una de esas jornadas que deja desiertas las calles de Ciudad del Puente y en las que sus habitantes se dispersan buscando el frescor de los valles del Sil. Y, pese a ello, seis de cada diez electores se acercaron a las urnas. Reconozcan conmigo que, aún siendo la participación cuatro puntos menor que en la última consulta municipal, no deja de ser un pequeño milagro ese interés ciudadano por la cosa.

Y de la cosa salió un resultado con su complicación aritmético-política que nos lleva, como en aquella trilogía del DeLorean viajero, de regreso al futuro. Después de ocho años con una corporación integrada por tres grupos, el pleno municipal se dispara hasta un inédito panorama de siete formaciones. Un resultado fragmentado para una ciudad no sabemos si más plural, más dividida o simplemente más encabronada.

Y estos días, con las calculadoras jugando a las combinaciones o a las permutaciones, que de todo puede haber, regresa uno al futuro del ya lejano 1979, cuando las primeras elecciones municipales sentaron en la Casa Grande a cinco formaciones, ninguna de elas con una mayoría clara. Gobernó entonces la lista que encabezaba el histórico socialista Celso López Gavela, con apenas cuatrocientos votos más que UCD.

Era aquella una ciudad con las cicatrices del desarrollismo al aire en la que tuvieron que intervenir de urgencia unos políticos que habían hecho por correspondencia un curso acelerado de comportamiento democrático.

Y del curso salieron un puñado de maestros con cintura de bailarín de reguetón, capaces de aplicar con generosidad e inteligencia los infinitivos (dialogar, escuchar, consensuar, ceder, compartir...) y de colgar el ego en la percha antes de salir a la calle.

Ese actor todoterreno de origen ponferradino llamado Miguel Rellán declaraba hace unos días que tiene el ego metido en lejía: «Me curó comprobar que en una crítica me llamaban Manuel pero escribían Schwarzenegger de puta madre».

En Ciudad del Puente la matemática electoral también obliga a meter el ego en lejía, a remangarse la camisa, preparar el culo para largas sentadas, afinar la empatía y buscar en el fondo de los programas electorales bases comunes que puedan sacarla del marasmo en la que languidece. Y, a la vez, convertir la pluralidad representativa en una baza que enriquezca el debate y no lo enquiste, que abra fronteras de acuerdos y no las cierre.

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«Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere”, nos advierte el maestro Rafael Sánchez Ferlosio en uno de sus aforismos de «Vendrán más años malos y nos harán más ciegos». Tal vez poniendo el ego en lejía sería más fácil encontrarlas.