MARINERO DE RÍO
Esperanza en el país de los soviets
E ste espectáculo, esta comedieta grotesca como de sainete o vodevil, es lo que le faltaba por ver al país, que asiste incrédulo u ofendido o con la sonrisa torcida tras mucho tiempo viendo a los mismos pajarracos aletear en los estrados. Hay carreras por los pasillos. Declaraciones acaloradas y a deshora. Amagos y esparavanes. Señoronas y patricios se rasgan las vestiduras y esbozan gestos dramáticos ante el patio de butacas, pretendiendo componer el último acto de una función magnífica, y de ahí los intentos de frasear a lo grandioso, «aparta de mí ese cáliz», «¿tú también, hijo mío?», «mi reino por un caballo», y todo así. Pero los actores son malos y parlan a destiempo, y el respetable bosteza, y la opereta resulta todo menos creíble. En esta compañía de barraca los hay que nunca gutaron ni pronunciaron una palabra más alta que otra, y a quien como mucho se les ofrecía papeles de pastor con zurrón, y que ahora, embozados en la legitimidad de su mayor número de papeletas, sacan los pies del tiesto y se atreven a acusar al patrón de negligente, ofreciendo imagen de alcalde de Zalamea peripatético. Otras, gorgonas o plañideras, hacen lo posible por plantarse al borde del precipicio y apuntan con el dedo a un apocalipsis más que próximo, entresacando frases del 36 o de antes incluso, sin advertir la vergüenza torera que causan, llegando a los extremos intolerables de comparar partidos democráticos con organizaciones criminales de escala genocida. Gobierno de concentración, la democracia en peligro, soviets en los barrios… términos desempolvados de los libros de historia con ánimo de achantar a las gentes de bien aunque a algunos votantes eso de la URSS les sonará, como mucho, a aventuras de Tintín. La derecha siempre tuvo muy mal perder.
Y así van quedando todos retratados. La foto fija es la de unos yonquis del poder que se han quedado sin sus cotidianos chutes, y que encima atizan sin quererlo las calderas de las generales. Qué miedo dan quienes tienen miedo. Ya lo dijo Brecht: «No hay nada más fascista que un burgués asustado». Como el Club de la Comedia pero sin Leo Harlem.