TRIBUNA
Cosas de la modernidad
H erminio y Visi. Matrimonio entrado en años. Ella, moderna de nuevo cuño y puesta al día; él, jugador de tute cabrón, amigo de merendolas con amigachos, incrédulo y chapado a la antigua. Ergo, bastante ignorante. Uno o dos días al mes, la pareja se dedicaba a ir de tiendas previa orden rigurosa de Visi. Herminio consentía para ganarse la libertad de las inacabables partidas de tute de cada jornada, y del bacalao al ajo arriero o truchas escabechadas que, algún atardecer, preparaba un amigo cocinillas para la cuadrilla.
—Hay que comprar un iPphone. Lo tienen todas —dijo Visi sin dar opción a otras posibilidades—.
Acudieron a una tienda de informática del centro de la ciudad. Cola hasta la calle. La exhausta empleada —atendía a dos clientes a la vez— les explicó en tres minutos el funcionamiento del perverso artilugio, utilizando veloz sus diez o doce dedos de cada mano. «¿Está claro? Recuerden bien la clave. Son 647 euros. Si necesitan más instrucciones, dentro de la caja va un librito. Buenos días». No entendieron ni una palabra del folleto. Existía algún problema con la tarjeta SIM; sólo un esbozo del aparato, en el que, mediante flechas dirigidas a unos botones se leía con claridad: «Botón inicio, tecla atrás, tecla aplicaciones recientes y clavija multifunción».
Otro día, Visi ordenó: —Ya que no vales para otra cosa, vete al supermarket y traes: pepinos, cebollas, cebolletas y zanahorias. 1) Tardó media hora en encontrar la frutería. 2) Tuvo que meter las hortalizas en bolsas y, de una en una, pesarlas apretando el dibujo correspondiente a cada variedad. Tembloroso, confundió varios grafismos. Pulsó naranjas en lugar de cebolletas, y rábanos en vez pepinos. 3) Llegado a la cajera, después de discusiones sin fin, tuvo que volver a luchar contra la báscula. Por fin, pagó. Le sumaron el valor de una gran bolsa biodegradable. Hecho trizas fue hasta el coche (aquello pesaba lo suyo), dejó el bolsón y se dirigió a una cafetería. Se sentó en la terraza con sillas publicitarias. Enseguida vio un cartel. «No hay servicio de terraza. Disculpe las molestias». Entró en el establecimiento. Pidió una caña. Intentó salir con el vaso y una tapa de asadurilla. «¡Oiga, que no ha pagado!» Al darse la vuelta tropezó y echó los menudillos sobre la chaqueta de un parroquiano. Fuese gritando al mundo que no podía más. Llegó a casa y le contó a Visi sus peripecias.
—Si es que no espabilas. Tú no vives en este mundo. Esto es la modernidad, Herminio. ¡Ah!, la semana que viene voy con Pruden a Ikea. Quiero comprar una alacena preciosísima. Prepárate para montarla. Viene en un pack de cartón con instrucciones, tornillos y de todo. O, si quieres…, llamamos a un ingeniero —dijo socarrona—. ¡So zopenco!
Art.3 5 de la Constitución. «… libre elección de profesión y oficio, promoción a través del trabajo y una remuneración suficiente….». Y, ¿quién remunera a Herminio y Visi por esos y otros trabajos efectuados por imperativo comercial, incluidos envolver los regalos el día de Reyes, o pringarse las manos de gasoil en las estaciones de servicio?