Diario de León
Publicado por
Manuel Garrido. escritor
León

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S altó del bosque a la más alta poesía, pasando por los cantos y sortilegios de los druidas, que la cortaban con una hoz de oro. El muérdago es esa planta que crece y vive parásita sobre los troncos y ramas de árboles, como el roble y también el fresno, donde desarrolla las suyas que fulgen doradas en la mestura, término dialectal para espesura. Tal brillo sirvió por cierto de rótulo al libro de Frazer, emblema de la antropología, La rama dorada. El muérdago brilló como nunca, cuando el mayor, y al decir de Borges, más amado, de los poetas lo llevó a su verso, trasplantado pues a la poesía desde ese viejo territorio encantado que es el bosque umbrío. En el libro VI de la Eneida se ve a Eneas suspirando por esa rama dorada, que le abrirá las puertas del Averno en busca del reencuentro con su padre. De pronto, dos palomas, como impulsadas por su anhelo, se ponen a volar hasta venir a posarse en el árbol del misterioso brillo al fondo de recóndito bosque: allí estaba la ansiada rama y con ella en la mano Eneas entra en el reino subterráneo de ultratumba. Va con la Sibila, van los dos, según el verso célebre, «oscuros en la noche solitaria». Cuando llegan a la puerta del Elíseo, clava la rama en el dintel y la franquea: he aquí las verdes praderas y venturosos bosques, «donde la dicha tiene su morada» y está su padre (y al describirla no parece sino que Virgilio tiene ante los ojos, bien porque los ha abierto para verlo o acaso cerrado para recordarlo, el paisaje de su infancia a orillas del Mincio). Y allí queda la rama, testigo del reencuentro.

En el ámbito de la cultura popular tradicional había otra rama que se clavaba también en los dinteles de otras puertas, del mundo en este caso contiguo y cotidiano. Fue también liberada y cantada por los magos, pero a diferencia del muérdago, no tuvo su poeta. El árbol es el saúco, o dicho el término dialectal, más cerca del original latino, sabugo o sobre todo sabugueiro. Es un árbol modesto pero esbelto, que parece amar la cercanía de la habitación humana, porque abunda entre los huertos de los caseríos e incluso entre las mismas casas. En Cabrera florece hacia finales de mayo, cuando la primavera se encamina a su fin en el solsticio estival. La masa verde oscuro de sus hojas aparece de pronto como nevada, coronada de ramilletes redondos y planos con flores innumerables como puntitos de un color blanco, tirando a marfil pálido. Difunden por el aire diáfano un aroma dulce y suave.

Por las fechas de la floración tenía lugar la bendición de los campos, relevo cristiano de otros más antiguos ritos de lustración de esos mismos campos. Se pretendía, por supuesto, no que fueran elíseos, como los virgilianos, sino más sencillamente que procuraran una modesta ventura a sus labriegos en forma de alimento cotidiano; (y ni pensar que fueran atolondrados ignorantes desvalidos, como lo prueba esta muy popular sentencia, cuyo aparente escepticismo, por otra parte, es solo un disfraz de realismo sensato con su pizca añadida de irreverente sorna: «Vale más cagaya de ouveya que bendición de obispo»; nada menos). Y por delante se avecinaba el tiempo de la lustración de los animales, en particular, los rebaños de ovejas y cabras. Ese tiempo estaba ligado al solsticio de verano, relevado entre nosotros por la mítica y mágica noche de San Juan. Al amanecer se rociaba a los rebaños salpicándolos con el agua fresca de esa hora, aprovechando el paso de los animales junto a un reguero, de camino al pasto. O si eso no era posible, se acudía a una fuente o reguero a recoger el agua para rociar a los animales en el corral precisamente con una rama en flor de sabugueiro (y resulta sugestivo recordar a propósito de su elección como instrumento de bendición que en gallego este árbol, además de sabugueiro, es también nominado precisa y curiosamente bieiteiro, «bendecidor»). La operación se completaba fijando en la puerta de la cuadra la ramita en flor, sortilegio para impedir el paso al enemigo del rebaño, causante de las enfermedades. Con frecuencia, esa ramita se veía también clavada en las puertas de las casas, incluso de las habitaciones. Siempre se ha sabido de las propiedades medicinales de hojas y flores del sabugueiro. Yo desconozco la razón concreta de su influjo sobre los animales, incluidos los humanos, tal como lo vivieron los antiguos, puesto en las cuadras o los habitáculos donde duermen. ¿Sería esa la razón, un misterioso influjo sobre los sueños, para hacer más plácidos los de unos o menos inquietos y atormentados los de otros? Por otra parte, en fin, también se acostumbraba poner una rama atada a un palo hincado en los semilleros y en los surcos de los huertos para ahuyentar al topo zapador.

La etimología latina del muérdago lo prefigura agresivo («mordedor»), con la virtud, por ejemplo, de abrir puertas improbables en lejanos confines. Nada que ver con el sabugo, que aspira apenas a desviar pasos enemigos, suspender paseos y mitigar pasiones quizá solo un momento, solo con su dulce aroma.

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