Diario de León
Publicado por
maría j. muñiz
León

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H ace poco escuchaba al presidente de la entidad financiera a la que vivo ligada un malabarismo de imposible equilibrio con pelotas de más reestructuraciones, reducciones de gasto, apuestas por la digitalización rampante y oficinas presenciales con expertos asesores en lo que se le ofrezca, que parece que por ahí van los tiros del nuevo modelo financiero.

Soy un cliente tipo (hasta en esto estoy en la media, cuánta invisibilidad), rara vez acudo a las oficinas. En parte porque tengo subcontratado el negociado financiero familiar, en trueque con otros servicios básicos para la supervivencia doméstica; y porque para mis cosas me basta un cajero y un ordenador. También porque la reestructuración del sector me ha puesto muy a desmano la relación que antaño tuve con los que han pasado en su mayoría a mejor vida laboral.

Pero hete aquí que hasta a los más despegados de las sucursales nos surgen imprevistos. Por ejemplo, que necesites cash y te hayas olvidado la tarjeta en vete tú a saber qué bolso. «No importa», pensé yo. Pertrechada de todas mis identificaciones me encaminé en medio de la ola de calor hacia la fresquita oficina más cercana. Que no estaba tan cerca.

Una céntrica sucursal provista de buen número de mesas y ordenadores, en la que un único penitente resoplaba ante los requerimientos del respetable, que se acumulaba en creciente cola. Esperé muuuyyy pacientemente laaarggaaa cola, hasta llegar a los dominios del superviviente empleado de sucursal. Que sin dejar de resoplar me informó de que, a pesar de que desde antes de que se inventara la troika dan buena cuenta de mis comisiones, no podía sacar menos de 600 euros. Y ni eso porque esa no era mi sucursal.

Le informé paciente de que «mi» sucursal había sucumbido al MOU de la Comisión Europea, ante lo que me asignó a otra oficina, muy lejos de donde estaba yo plantada en mi perplejidad, «a ver si allí le autorizan la operación y le fían». ¿¿¿Me fian!!!! Sólo he olvidado mi tarjeta. Tienen en sus archivos hasta el número de empastes que llevo.

No hubo manera. En este torbellino de perfección de modelo de servicios financieros puedes conseguir en un plis plas un crédito informado para negociar con un maorí de Nueva Zelanda, pero si distraes la tarjeta te quedas sin comprar el pan. Los que te piden tu talla de ropa interior y pregonan la necesidad de mejorar su imagen depauperada por todo tipo de asaltadores no dan tregua. Fiar cuesta. Fiarse, no te digo...

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