TRIBUNA
Relación padres/hijos, una revolución pendiente
A ntes quizás había mucha violencia en esta estrecha relación paterno-filial. Quien más quien menos ha sufrido en su niñez —en nuestra niñez— cierta dosis de violencia. Aquello no estaba bien. Tal vez la poca formación de los padres derivaba con más frecuencia de la debida en castigos físicos. Si hacías algo malo podías recibir castigo en la escuela y en la propia casa. Era así. Craso error.
Ahora, los padres van de ‘guay’ y se han colocado en la orilla contraria. Al niño no se le toca, tiene siempre razón y campa a sus anchas en muchas casas, hasta que un día se desmanda y ya no podemos enderezar el árbol porque se puede romper. Mandan tanto que son los reyes del cotarro. Pero ni tanto ni tan calvo.
En la enseñanza el peligro de un choque profesor/alumno es continuo, aunque la mayoría de las veces cae en saco roto. Salvo raras excepciones el alumno se comporta. Eso no quita que haya escenas de presión algo subidas de tono. A veces, sale un profesor medio lloroso del aula o nos sorprende un portazo inadecuado.
La autoridad está en entredicho porque los alumnos se desmandan y nadie sabe cómo corregir ese desaguisado. Antes, la razón estaba siempre del lado más fuerte, del profesor; ahora, la voz cantante la lleva el alumno. Y eso no tiene sentido. Puede que el profesor se equivoque, pero lo normal es que esté atinado y que el alumno se cobije bajo el manto de su minoría de edad. «A ese profesor lo arruino» es una expresión que se oye en boca de menores, quizás amparados en la sobreprotección del hogar.
Todo puede proceder de la infancia, de esa edad temprana. Si a los poco años no puedes con el menor, eso con el tiempo explotará. Hay que poner remedio en cuanto aparezca el problema, en cuanto notemos que se nos va de las manos ese hijo a nuestro cuidado. Mano dura. No hace falta la fuerza física para imponer la autoridad. No es el medio. Quizás haya que tomar alguna medida dolorosa, siempre y cuando medie el respeto. La firmeza y la claridad pueden orientarnos en la toma de medidas.
El diálogo y el cumplimiento de unos deberes acordes con la edad son avales suficientes para llevar a buen puerto la educación del hijo.
Si dejamos pasar los caprichos del hijo por encima de los deberes entonces estaremos perdidos. Ha de tener claro que hay derechos y deberes y ambos se deben conjugar con mano izquierda y sentido común. A tiempo, todo tiene solución. Tal vez se nos escapen algunos cabos, pero serán los menos. Si los hijos campan a sus anchas en la casa, pasará lo mismo en el aula y en la calle. ¡Cuidado!
Los niños y luego los alumnos saben bien con quién se gastan los cuartos. Tratan de ver los lados débiles del adulto para atajarle. En casa, a veces nos pierden los afectos; en la escuela, el coleguismo.
Y nunca hemos de confundir el amor y el respeto con la diáfana educación. Debemos querer al hijo, pero hay unas normas básicas de comportamiento que son ineludibles, mal que nos pesen. En la escuela, podemos amar a los alumnos, pero el respeto ha de ser el imperativo primordial.
Y no podemos claudicar bajo ningún concepto. Amor y respeto bien conjugados han de ser los parámetros que nos guíen hacia una convivencia sana y beneficiosa. Cualquier otra vía que elijamos nos llevará por calles de tristeza y amargura no deseadas.
Es hora de poner en su justo medio la relación padres/hijos. Son distintas generaciones que están obligadas a entenderse por encima de cualquier discrepancia o moda. Nadie es más joven ni más viejo solo por la edad. La entente generacional nos debe salvar y ha de ser el puente necesario para estrechar relaciones. Solo así construiremos una sociedad firme y democrática, sana y respetuosa. Otro camino nos puede conducir al caos.