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ANTONIO MANILLA
León

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S omos dos náufragos vagabundos por la arena inmaterial e interminable de la madrugada. Venimos de un sitio del que no queríamos partir y vamos a un lugar al que no queremos llegar. Somos viajeros marcados por el sino de la vida, como todos, buscando el amparo de la noche sin fondo. Nuestros pasos extraviados, sin porqué ni adónde, recorren insomnes la ciudad bajo el fresco y la humedad que el anémico aliento de las farolas ilumina sobre el asfalto.

De puerta en puerta, con todo cerrado, hemos llegado deambulando a las afueras del centro, a ese principio de las afueras que aún guarda la atildada compostura de clase media sin ostentación ni deudas, de barrio que llega a fin de mes, aunque apañando el abrigo del invierno pasado. Un barrio plural y decente sobre todas las cosas, marcado por el espectro de un fielato y traviesas y caminos de hierro, presidido por la vieja estación: abandonada, con su aspecto de esqueleto de dinosaurio o de muela cariada, con su aire de nobleza venida a menos. Esa estación antigua que miramos desde arriba, de espaldas a su torpe alternativa, mientras las luces encantan el río que evocan los raíles muertos de las vías.

«No entiendo», dices entonces, «que estemos obligados a un destino como este». Tus ojos iluminados por la última copa de pronto se han vuelto turbios de lucidez y hasta la oscuridad comprende que estás hablando de amplias comarcas devastadas por el virus de una lenta despoblación, plazas de pueblo en donde crecen las ortigas y tiemblan las campanas acuciadas por el viento. De valles bajo el agua y caminos cegados por la espesura. Del lento deterioro irremediable de un monte sin abejas, de unos ríos sin truchas, de unas casas sin niños. Incluso de la indigencia de estas vías arruinadas. Y de nuestra indiferencia —no hay nada más leonés—, que tal vez no lo sea pero tiene el mismo valor para cambiar la realidad: ninguno.

«Pero no hay nada que entender», te digo, «nos toca marcharnos». Quizá para siempre, aunque sea demasiado tiempo. Sin despedirnos. Pero no sin antes oír de nuevo el mar frente al acantilado de la vieja estación a nuestros pies porque en la isla desierta de la noche, por las calles sin palmeras ni salitre, las olas del adiós rompen silenciosas e irreales contra la playa de la acera.

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