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MIGUEL A. VARELA
León

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S e murió un señor que tenía tan claro que la vida es muy seria que no hizo otra cosa en ella que practicar con el mayor de los éxitos la ironía.

Fue un ciudadano que cantó para «poquedumbres», primo hermano de un libertario francés llamado Georges Brassens y ahijado de un libertino español conocido como Chicho Sánchez Ferlosio. El primero hizo de la mala reputación virtud cardinal y el segundo fue el inventor del cobrador del frac ante las relajaciones institucionales en los pagos a la mendicidad cultural. Un par de nombres que bastarían para llenar varios volúmenes de la enciclopedia de personajes necesarios con los que barrer de las estanterías tanta poquedad contingente manifiestamente olvidable. Tenía dos cualidades que escasean y que quizá, en el fondo, sean la misma cosa: inteligencia y humor.

Siempre decía, muy serio, que no le gustaba trabajar y a ello se dedicó con talento, tesón y perseverancia, dejando una herencia de aplicadas canciones que, perdón por la vulgaridad, ya forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Mucho trajín para un declarado holgazán.

Como buen escéptico, creía en la profunda inutilidad de todos los actos de tipo político, que es la declaración política más responsable que se puede llegar a hacer. «No me creo la voluntad política de cambiar las cosas —declaró un día—. Es más: creo que lo mejor que se hizo desde la transición fue que desde 1982 los aseos empezaron a estar más limpios… Un avance higiénico sí que ha habido».

Fue a su bola. Tuvo la libertad del bufón tímido, burlón y sentimental. Y el poder la pasó factura en forma de burda censura cuando le dio por dar voz a Cuervo Ingenuo en aquella campaña por el no a la Otan en la que tantos perdimos la inocencia. Ya se sabe que la libertad de expresión es un bonito principio que se defiende con ardor en los mítines como derecho incuestionable pero que pasa a ser cuestión matizable en cuanto se toca moqueta.

Sabía que el despertar es el momento más arriesgado del día y frecuentaba por ello las viejas sendas de los picos pardos, que no entienden de oscuridades. Una vez le hicieron un homenaje y dijo que hasta ese momento siempre había estado en contra de esos eventos que tanto agradecen los organizadores, pero que, ahora que recibía uno, empezaban a gustarle. Pensarán ustedes que hay temas más importantes con los que llenar este hueco periodístico. Pero el cuerpo me pide acordarme de uno que vivió sin énfasis, que es una hermosa forma de vivir, y murió sin dramatismos, que es la mejor forma de despedirse de todo esto. «Las flores que saldrán por mi cabeza algo darán de aroma», dejó escrito en una de sus canciones.

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Se llamaba Krahe. Javier Krahe.