Diario de León
Luis Urdiales
León

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Se sabe cuando el verano está maduro porque los locos atienden a los gritos de las llamaradas que acosan su mente trastornada, y les da por meter fuego al monte de León. El calor agita la maldad de los hombres y pone a cocer el sexto sentido que alumbra esas miradas saltonas y contrariadas. Detienen el coche en una curva sombría y, acelerados por la presión arterial que bombea su desorden cerebral, chiscan la mecha en la yesca del mediodía, casi un horno, y esperan a la noche para ver la obra maestra de su paranoia. Hay frentes de fuego que ni en plena oscuridad bastan para alimentar esas esquizofrenias de los que escuchan voces del más allá. Qué será de la vegetación en agosto con este ejército de maniacos con las misiones de dos años adelantadas ya en julio. Un político me reconoció en medio del saco de off de record con los que llenaba de conversación los intervalos entre cubata y cubata que huía de la gestión medioambiental porque administrar tanto dinero para combatir incendios era como jugarse el presupuesto a las tragaperras. Por muchos duros que metas por la ranura siempre hay un porcentaje que gana la banca. Frente a esta teoría, está la de la oposición, reversible cuando la bancada se traslada a la silla del poder; a) cuántos medios resultan suficientes en una provincia con más de un millón de hectáreas de monte; b) definir suficiente, si se tiene en cuenta los volados sueltos que, mientras les ampare la calorina, harán cuña en las masas frondosas a base de cerilla y fogonazo. Siempre ha sido muy de aquí eso de moldear el entorno con las armas de Vulcano, tal si se tratara de un mandato divino o heredado de los antepasados. No es cuestión de descargar toda la responsabilidad en la justicia, que bastante tiene a veces con solventar las toneladas de expedientes penales que cada ejercicio forman cordilleras de papel en los juzgados. Todavía no hay constancia del efecto que tendría una sentencia ejemplar en el resto de la tropa de alumbrados con mechero; si diez años a la sombra tiene un grado notorio de persuasión frente al placebo de la lumbre en las meninges. Se supone que la próxima generación mantendrá el sentido de la orientación geográfica en verano a través de esas columnas que eclipsan el crepúsculo y fijan la ubicación de tal o cual localidad. Señales de humo, señales al más allá, por si hubiera vida interplanetaria, que aquí no vengan.

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