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PEDRO TRAPIELLO
León

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T odo puede ser fuente de conflictos, desde los gustos por un color hasta el modo de colocar el papel higiénico... y el aire acondicionado, ni te cuento, hasta guerras puede traer, pues acaba de publicar el New York Times un estudio asegurando que la mayoría de empresas fija su termostato según normas de los años 60 atendiendo a los valores metabólicos de un hombre entre 40 y 70 años, pero ignorando que los valores de la mujer son más bajos y requieren más grados de temperatura ambiente... así que ya tenemos lío en la oficina... la guerra en casa por el mando de la tele se traslada aquí con el termostato... tú enciendes el aire; yo lo apago; jo, qué calor; pues yo me muero de frío; cabrón, dice una; jódete, dice el otro.

Se preguntó Sócrates cómo sobrevivió este país antes de que existiera el aire acondicionado.

Con botijo y abanico, le dijo uno... y no había mayor estrago.

Pero hoy parece imprescindible ese aire. Incluso en León, la «capital del invierno», que dice Marga Merino.

Un dato: en las guerras de Afganistán e Irak, los Estados Unidos tuvieron que equipar sus barracones e instalaciones militares con aire acondicionado o sus tropas se fundirían a 40 grados de media. Lo que se gastaron en ese aire acondicionado superó el presupuesto de la NASA. Bestial, ¿no?

¿Y cómo aquellos moros lograron darles sopas con honda sin tener esos aparatos refrigeradores en sus cuarteles o furacos?... vaya, lo mismo les pasó con los vietcong desarrapados.

Octavito dijo que si durante los días tórridos (tradicionalmente en León son quince, aunque este año se rompan récords y la pana) se dejaran abiertas las ventanas de casas y oficinas toda la noche, se refrescarían paredes y estancias de tal modo, que conservarían ese frescor más de media jornada ahorrando consecuentemente más de la mitad en la factura de la luz que tanto sube y chupa cuando se enchufa ese aire polar que sale de un aparato japonés o alemán.

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Alguien debería meter en la propaganda turística cazurra que, mientras España se asfixia, aquí tenemos un privilegio: «León, aire incondicional».