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miguel á. varela
León

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L o más aconsejable es emprender la ruta en Pardamaza, una pequeña localidad del municipio de Toreno que, con apenas cuatro decenas de habitantes, dispone de mejores servicios y accesos que muchos pueblos de mayor envergadura.

De ahí parte una senda que sigue el curso del río Primout. Está unos ocho kilómetros corriente arriba, pasado el refugio de la braña de Santa Cruz y un paisaje húmedo y fecundo: fresco, cordial y proteico para cuerpo y alma.

Se podría pensar que es el río, que lleva corriendo por estos barrancos desde antes de los calendarios, el que ha dado nombre al pueblo. Pero esa razón, útil a los geólogos o a los sabios de la geografía, no es obstáculo para que el caminante llegue a la conclusión contraria y sostenga sin más argumento que el de su imaginación que el poblado de Primout existe desde el principio de los tiempos.

Y que fue el río, caprichoso, el que decidió pasar por el centro del pueblo, cediéndole su propio nombre y completando una estampa que puede calificarse de incomparable sin que se sonrojen los adjetivos manoseados.

Abandonado a principios de los setenta, cuando la vida en tantos pueblos se hizo insoportable, en los noventa Primout ocupó sin pretenderlo portadas en los periódicos por los enfrentamientos entre propietarios y ocupantes alternativos que habían montado en este rincón del mundo una efímera comuna libertaria.

Tras aquella conflictiva experiencia, los antiguos vecinos empezaron a recuperar las viejas viviendas. Hace un par de años, se volvió a celebrar un bautizo en la iglesia, después de cuarenta años sin que en ella entrara ni dios.

En lo alto del pueblo aún se sostienen las ruinas de lo que fue escuela. Aquí pasó un invierno de posguerra un joven que empezaba a ser poeta llamado Ángel González. La historia la ha contado Julio Llamazares. Cuando deja el pueblo, Ángel promete a Roque, su alcalde, volver algún día al lugar en el que ha ejercido de maestro.

—No, don Ángel, usted no va a volver. A Primout no vuelve nadie —le dijo Roque.

Ahora, sobre uno de los cauces más hermosos de esta comarca tan pobre que ya sólo le queda su riquísimo patrimonio natural, plantean construir una central hidroeléctrica.

Nada sabe uno de rentabilidades del kilovatio, ni de aprovechamiento energético. Nada sabe de legislación medioambiental y poco de las complejidades jurídico administrativas. Pero intuye uno que hay que llevarle la contraria al alcalde Roque. Y quiere uno pensar que a Primout estábamos volviendo para mojar los pies en su cauce, al pie de la escuela de Ángel González.

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Y no sabe uno si eso será razón jurídicamente argumentada para que nadie pose sus sucias manos sobre las aguas del Primout.