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ERNESTO ESCAPA
León

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D os barrios distantes integran la capital maragata de los arrieros, declarada conjunto histórico hace dieciséis años por su peculiar arquitectura solariega. Un museo reciente desvela los enigmas de la comarca y los secretos de un oficio con halo de aventura. El solar de los más pudientes arrieros ha ido mudando con el tiempo su nombre hasta fundir al patrón jacobeo con su apellido miliar. El barrio de arriba arropa el paso de una carretera tendida sobre el trazado de la calzada romana que unía Astorga con Braganza, aprovechada en tiempos medievales por los peregrinos del sur para enlazar con el camino francés. La iglesia que asoma sobre los dos núcleos, aupada en un altozano, está dedicada a Santiago y en su origen tuvo trazas del románico rural, muy alteradas por arreglos posteriores.

La carretera que recorre el barrio de arriba enlaza Astorga con la Valdería. En la despedida del pueblo, el mesón ocupa una de las casonas de la plaza de los Bolos, adonde asoma también la de Matanzo, conductor de caudales que transportó sin incidencias cuantiosas sumas de oro. Fue hospedaje de la escritora Concha Espina, en su recogida de impresiones para escribir La esfinge maragata. La visita al mesón permite recorrer las estancias interiores de aquellos espaciosos palacios arrieros. La ermita de San Miguel, con su espigada torre del reloj, distribuye el recorrido por el barrio de arriba, donde destaca la casona del maragato Cordero, que se empezó a construir, con trazas neoclásicas, en 1832. En la calle Larga se aprecia la que fuera sede de las Diligencias del Poniente de España, uno de los negocios del maragato Cordero. Su palacio asoma a la calle Astorga, en realidad una calleja desportillada que obliga para verla con perspectiva a mirar de lejos, por encima de la cerca del huerto que tiene delante. Más allá aparecen los arcos huérfanos y los muros desprovistos del ornato vegetal de los negrillos que antes de la grafiosis sombreaban todos los caminos del pueblo. El museo instalado en las escuelas desvela enigmas sobre los maragatos y la arriería, que tuvo su esplendor entre el dieciséis y la irrupción del ferrocarril.

El barrio de abajo se agrupa en torno a Peña Uva, una motilla que corona la torre del reloj, construida en 1929. En su caserío destaca la vivienda de la Monja, que es como se conocía en Astorga a Carmen Rodríguez Alonso, una nieta del maragato Cordero que fue jerarca de hospitales durante la guerra. Pintora aficionada, financió al obispado la construcción de la Casa Sacerdotal de Astorga, frente al seminario. En la calle Matanza, un holandés fascinado por la belleza crepuscular de estos pagos instaló en los setenta el centro de turismo rural Guts Muths, recuperando una casa típica maragata. Justo a su vera se observa un barrio inacabado con las calles trazadas, que suspendió la irrupción del ferrocarril. Quedan los muros de piedra con arcos de medio punto.

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