Publicado por
Antonio Papell
León

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L a crisis económica ha puesto a prueba el régimen bipartidista, surgido de un sistema electoral, el de proporcionalidad corregida mediante la ley d’Hont, que tiende precisamente a consolidar dos grandes formaciones sin impedir la presencia de otras menores. La ocasional disconformidad de gran parte de la ciudadanía con este sistema a causa de la crisis ha dado lugar al surgimiento de dos formaciones ‘nuevas’, Podemos y Ciudadanos, que, según las encuestas, han alcanzado el cenit hacia finales del año pasado, y, tras una suave decadencia, en la actualidad representan conjuntamente según el CIS el 26,8% de los votos (frente al 53,1% de las dos formaciones bipartidistas)

La recuperación del bipartidismo tiene a su favor un factor espontáneo: el voto útil, que se desprende de la dificultad de los partidos menores para conseguir representación. De hecho, el bipartidismo no se convertirá en pluripartidismo si no se reforma la ley electoral para acentuar la proporcionalidad.

Pero también depende como es obvio de la reconciliación o no de esos partidos viejos, PP y PSOE, con sus clientelas. Esta reconciliación está supeditada, a su vez, al cambio que experimenten los partidos tradicionales.

Por una parte, a la democratización interna que realicen; de momento, el PSOE sí ha avanzado muy positivamente en esta dirección, pero el PP se resiste a ello. Y por otra, a su capacidad de integrar una pluralidad de ideas e intereses de forma realista y pacífica.

Las corrientes internas, habituales en los grandes partidos de los bipartidismos clásicos —el británico o el norteamericano—, son enriquecedores y contribuyen a facilitar la representación de una sociedad que también es compleja. En cambio, entre nosotros, las corrientes son mal interpretadas y con frecuencia acaban en escisiones. En el caso del PSOE, Izquierda Socialista, que animaba desde babor a la socialdemocracia centrista, ha vivido una vida lánguida hasta su práctica desaparición

En definitiva, el bipartidismo se sobrepondrá si está atento a las reclamaciones sociales y se adapta a ellas. De lo contrario, las fuerzas emergentes continuarán creciendo y pugnando hasta cambiar el sistema electoral y el modelo democrático que nos ha traído hasta aquí.

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Un modelo con indudables virtudes pero también con evidentes disfunciones, que han estallado en los momentos de mayor debilidad