Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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E stá bastante extendida la idea de que comemos porquería. Los conspiranoicos incluso afirman que las enfermedades del siglo que padecemos proceden directamente de los subproductos, conservantes y así, que se les echan a los alimentos. Cuando alguna autoridad sanitaria retira, por lo general de modo preventivo, algunos de esos químicos de la fórmula con que se elaboran industrialmente, en vez de un esponjoso aplauso, lo que se escucha desde el palco verde es el eco siempre hogareño y postnupcial del «Eso ya te lo decía yo». Por esas, claro, ni flores. El tímpano marital se ha especializado a lo largo de generaciones en el discernimiento entre lo primordial y el ruido de fondo.

El filósofo alemán Feuerbach, que se hartó a pedir buenos alimentos para mejorar la especie ya en el siglo XIX, afirmaba que el hombre es lo que come. Así, de hacer caso a los agoreros, seríamos basura. Esto, que teóricamente puede admitirse, es inadmisible en la práctica para personas como usted o yo. No sólo porque en la base de nuestra alimentación local estén viandas y platos tan sanos como el cocido montañés, el botillo o las legumbres bañezanas, que nos han sido dados por nacencia, sino porque con el resto de alimentos hemos aprendido a aplicar unas reglas elementales de seguridad, que comienzan por el husmo y el gusto y terminan por la confianza en ciertas marcas.

Uno cree en la industria y en el I+D (siempre que no sea el «hijo de» como en algunas empresas familiares, que es un argumento de cojones, que el lector me perdone y el corrector sea ciego dos veces). Si no creyera, por ejemplo, ya estaría encabezando una asociación contra el exterminio de los bosques de pinos a manos de los fabricantes de aromatizadores para coches o a favor de la lavanda, la camomila y el látex, todo ello sin salirme del gremio relacionado con lo que el poeta Ángel González llamaba lugares propicios para el amor. Ahora, de ahí a entrar a comer en algún establecimiento oriental, para mí, todavía hay un mundo. Una vez compré en un chino un bote de «loctite» y abrirlo a prudente distancia y romper a llorar compulsivamente fue todo uno. Es hoy, que han pasado algunos meses, y todavía no sé si fue por la emoción de haber hecho una compra de un producto a un país en vías de industrialización o por la cantidad de I+D que tenía aquello.

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