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ALFONSO GARCÍA
León

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E l Drae define la vergüenza como «turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena». Vergüenza ajena, la que sufren tantos ciudadanos sin que les salgan los colores a los causantes, casi siempre amparados en un cinismo fino y alargado o en una actitud de despiste fingido que parece pregonar a los cuatro vientos que el asunto no va con ellos. Es verdad que, por pertenecer al ámbito de la condición y conducta humanas, no es estacional, ni mucho menos, y recorre el tiempo y el día a día desde que el mundo es tal. Prácticamente todos, con pocas excepciones, hemos sido agentes y pacientes en situaciones de este o parecido cariz. Simplemente trato de recordar, con la tristeza que produce cierta vergüenza, algunos episodios de este verano largo y cálido.

Grecia. No entro en los intríngulis del rescate. Ni en las posibles razones, complicadas sin duda. Las reglas del juego han de interpretarlas quienes las han puesto, a pesar de recovecos, excepciones, malabares e imposiciones. Parece prevalecer la teoría de «el balón es mío». Pero no es este el problema. El que subyace, como fondo, es la alegría del rédito político, que, sin interés real por la situación del pueblo griego –el más importante, sin duda-, pretende avergonzar a un gobierno legitimado por las urnas y aprovechar, de paso, la ocasión para airear el miedo como advertencia: «Que viene el coco». Entre tanto, bendicen con todos los honores a quienes han provocado la situación a través del despilfarro, el robo y la corrupción. Parece que Europa está unificada solo por el filo de una moneda, no por una política y cultura europeas que, por lo que se observa, no existen.

Aunque la conducta es actitud habitual -¡benditas hemerotecas!-, se ha sustantivado con la reciente constitución de gobiernos autonómicos, provinciales, municipales… Si detienen un poco el pulso, de lo que más han hablado unos y otros es de pasta. De lo que van a cobrar. Se observa, cada vez con más nitidez, que la oposición, sea del color que sea –toda generalización es injusta-, prefiere que la situación no vaya bien porque así sacarán tajada, rédito político. Lo que menos importa son los ciudadanos. De hecho, no de discurso. Cuando se desea el mal ajeno para conseguir el beneficio propio padecemos el síntoma de la mediocridad.

Inmigrantes. Escuece más porque empieza a afectar a otros países que antes tapaban la cara. Qué fácil es consolar los dolores ajenos. Tampoco entro en juicios de valor, pero me avergüenzan los adjetivos/sustantivos llenos de desprecio y humillación hacia estas personas por parte de algunos dirigentes de ‘países civilizados’. La Europa humanista, humana y humanitaria tiene el perfil de una quimera.

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Conclusión: «La cruz en los pechos y el diablo en los hechos». Antiguo refrán español.