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S i le digo a usted la verdad, me resulta indiferente que Mariano Rajoy convoque las elecciones generales el 13 de diciembre o el domingo siguiente, 20-D. Comprendo el revuelo que ha levantado la cuasi —cuasi, que Rajoy es pura galeguidade— confirmación de que tal vez la fecha sea esta última, confesión arrancada por mi admirado y amigo Carlos Herrera en su entrevista este jueves con el presidente. Pero a mí lo que realmente me ocupa y preocupa es con qué equipaje ideológico y programático va a concurrir Rajoy a las elecciones. Y de eso el jefe del Gobierno y aspirante a lo mismo tras el 20-D dijo muy poco. Lo cual no deja de inquietarme. Puede, es probable, que gane esas elecciones, que convocará previsiblemente a mediados de octubre, disolviendo las cámaras legislativas; pero ¿qué ocurrirá después, el 21-D?

Supongo que a Rajoy le importa poco que yo afirme que le respeto como político por su sentido común, su honradez —aunque algunos quieran cuestionarla: las acusaciones, tantas veces sin pruebas, van con el cargo— y su patriotismo. Lo que ocurre es que no puedo dejar de confesarme crítico ante su falta de liderazgo a la hora de plantearse los grandes retos que la nación y, por tanto, los españoles tenemos ante nosotros.

Lo que más me preocupa, tras escuchar la por otra parte significativa entrevista: que la hoja de ruta de Rajoy, que siempre se ha mostrado tan prudente, se pueda ver trufada de ocurrencias apresuradas para demostrar que sí, que existe un plan frente a la formidable amenaza secesionista de Artur Mas. De momento, la propuesta de reforma del Tribunal Constitucional lanzada por el Gobierno ha tenido un efecto perverso: ha dividido al ‘bloque antisecesionista’ en torno al tema (uno más en la discordia general) y ha propiciado que, casi en vísperas de la Diada, el independentismo se rasgue las vestiduras hablando de la ‘maniobras de Madrid contra Cataluña’. Es muy grave a mi juicio lo que está ocurriendo:. Ya sé que la independencia es imposible, pero el distanciamiento de un sector importante de la sociedad catalana es muy probable. Y será tras el 27-S cuando habrá que empezar a intentar remendar la situación y tras el 20-D cuando haya que culminar alguna importante operación de Estado para que España vuelva a ser un país normal, donde las instituciones no estén en cuestión, donde se cumpla la ley, donde el Gobierno central pueda jugar su papel y los autonómicos cada uno el suyo —que no tiene por qué ser el mismo para todos—.

Nada de esto le escuché a Rajoy, a quien no hay quien le aparte del sendero, tan trillado, que se ha trazado. No culpen a los mensajeros. Ni a su partido, que, con todo, sigue siendo el más importante y capaz del arco parlamentario. Ni a la coyuntura. Me temo que, a estas alturas, a quien habrá que culpar es a él, que aún está a tiempo, aunque ya casi no, de variar algo -algo- su rumbo imperturbable.

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